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Casualidades de la Primera Guerra Mundial

01 de enero de 2015 - 10:00 p. m.

Ya pasó el centenario, pero aun así vale recordar una de las mayores casualidades de trascendencia histórica, la sucesión de hechos fortuitos que desataron la Primera Guerra Mundial, una carnicería que destruyó media Europa y acabó con cuatro imperios: el ruso, el otomano, el alemán y el austro-húngaro.

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El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria, sobrino y heredero de Francisco José I, soberano del Imperio austro-húngaro, se desplaza en tren a Sarajevo con su esposa Sofía Chotek. Tras recibir confirmación de la visita oficial, seis asesinos, entre ellos el serbio Gavrilo Princip, con armas facilitadas por la organización terrorista Mano Negra, se camuflan entre el público a lo largo de la avenida Appel, por donde está previsto que pasará la caravana imperial. Cada uno está dotado de pistolas y explosivos, y su plan es matar al futuro emperador. No obstante, cuando éste pasa en el convoy, sentado en la silla de atrás del coche y saludando a la gente que bordea la vía, sólo uno de los asesinos, Nedeljko Cabrinovic, arroja una bomba al vehículo oficial.

El artefacto rebota contra el auto y explota segundos después, hiriendo a unos transeúntes y al coronel Erich von Merizzi y al conde Alexander von Boss-Waldick. El archiduque prosigue con la agenda del día, que incluye discursos en el ayuntamiento de la ciudad y luego tomar el tren de vuelta a Austria. Sin embargo, a la salida del ayuntamiento, el archiduque decide visitar a los heridos en el hospital. El convoy parte de nuevo, pero por un simple error en las órdenes dadas al chofer, Leopold Lojka, el auto bordea el río Miljacka, cruza el puente Latino y se introduce en una calle equivocada. Lojka frena para dar marcha atrás, pero el vehículo ha quedado detenido frente al café Moritz Schiller, donde Gavrilo Princip ha llegado para tomar un bocado. Lojka hunde el acelerador para retroceder, pero su pie resbala del pedal, y durante unos segundos el carro no se mueve.

El asesino, al ver de nuevo el automóvil con la lona abajo, revelando a la pareja heredera expuesta y vulnerable, saca su pistola Browning y dispara dos veces. Una bala perfora el abdomen de la duquesa y la otra impacta el cuello del archiduque, destrozando la arteria carótida. Éste le implora a su esposa, entre las primeras gárgaras de sangre, que no se muera para no dejar huérfanos a sus hijos, y ambos agonizan en la silla posterior del coche. La noticia detona una crisis sin precedentes: el Imperio austro-húngaro le declara la guerra al reino de Serbia, y un mes después, por tratados internacionales que obligan a los países a tomar las armas para defender a sus aliados, entre ellos Alemania, Francia, Rusia e Inglaterra, Europa se encuentra sumida en la peor conflagración de su historia. Pronto otras naciones intervienen y llegan a sumar más de 100 en total, hasta que la guerra concluye el 11 de noviembre de 1918. El saldo final son 17 millones de muertos, más de 20 millones de heridos, varios países nuevos que se forman de los cuatro imperios disueltos, y las semillas de la discordia sembradas entre las potencias europeas que, 21 años después, darán paso a la Segunda Guerra Mundial. Y todo por una suma de actos ínfimos y accidentales. O sea, no nos engañemos: ése es el tamaño de nuestra fragilidad. 

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