Curiosa la condición humana. Una abeja nace y eso basta para que sea, plenamente, una abeja.
Pero un ser humano nace y todavía le falta, en efecto, hacerse. Y se termina de hacer humano mediante la enseñanza. Somos animales bípedos con capacidad de lenguaje, pero esos dos atributos de nuestra existencia, quizás dos de los que más nos definen como seres humanos, son tan recientes en nuestra evolución de primates que aún no están incorporados en nuestro código genético. Por lo tanto, si no nos los enseñan, no los aprendemos. Es decir, si nuestros mayores no nos enseñan a erguirnos y a caminar en los pies, no lo haremos, como lo demuestran los casos de los niños perdidos en la selva que han sido criados por simios o lobos. Tampoco podremos hablar si no nos enseñan a hacerlo. Crecemos oyendo el idioma de nuestros padres y lo terminamos reproduciendo, incluso con su acento, pero eso también es algo aprendido. En varias palabras: caminamos y hablamos gracias a una enseñanza. Y en una palabra: cultura. Eso significa que, como señala el filósofo José Lorite Mena, “nacemos biológicamente, pero nos hacemos humanos culturalmente”.
Eso explica por qué somos todos, biológicamente, casi idénticos. Y también explica por qué somos todos, culturalmente, tan distintos.
Hay más. Aunque es aprendido, el lenguaje es tan necesario a nuestra condición que sólo sabemos lo que pensamos, vivimos, recordamos o sentimos cuando lo moldeamos en palabras. Sin lenguaje, no tenemos verdadera conciencia de nuestra existencia. No me refiero a nuestras reacciones más inmediatas. No tenemos que usar palabras para saber que estamos padeciendo un calor insufrible si tocamos una plancha encendida. La sensación la registra nuestro cuerpo y sale disparada a la mente, y eso nos permite reaccionar para evitar o manejar la realidad.
Me refiero a lo que viene después. Para saber qué pensamos, qué sentimos, qué creemos, qué recordamos y hasta qué hicimos en el pasado, tenemos que articularlo en palabras. Esas vivencias y esos pensamientos no existen en nuestra mente en estado puro, sin el ropaje del lenguaje. Nuestras experiencias (qué significan, cómo las evocamos, qué opinamos de ellas y cómo las valoramos) dependen de las palabras que escogemos para articularlas. O sea: dependen de nuestra interpretación. De nuestro discurso.
¿Esto qué significa? Tal como lo han demostrado incontables filósofos, lingüistas y antropólogos, nuestra interpretación de la realidad no sólo depende de lo que efectivamente hemos vivido, sino, principalmente, de las palabras que después seleccionamos para enmarcar, expresar y articular esas mismas experiencias. De modo que si en gran medida somos responsables de nuestra existencia, somos, en cambio, enteramente responsables de las palabras que utilizamos (podríamos utilizar otras) para entenderla o interpretarla. Nuestro discurso depende de nuestra voluntad, y en consecuencia somos libres de cambiarlo. Es decir, si cambiamos las palabras de nuestra interpretación, a lo mejor no podremos cambiar del todo nuestras experiencias que ya ocurrieron, pero sí algo igual o todavía más importante: lo que esas experiencias significan. Mucha gente piensa que es víctima de la realidad, cuando a menudo es sólo víctima de su propio discurso.