EN UN SALUDABLE VIRAJE A LA POlítica del gobierno Bush, el presidente Obama ha extendido una mano a lo que él llamó, en su discurso de posesión, “el mundo musulmán”. Sin embargo, prevalecen graves malentendidos acerca del conflicto que muchos creen que existe entre dicho mundo y Occidente, y para que funcione la nueva política de acercamiento, esos conceptos se tienen que corregir cuanto antes.
Seamos claros: Occidente no tiene un problema con el mundo musulmán. La vasta mayoría de musulmanes no practica una fe que choca con la modernidad ni con la democracia. De los 1.200 millones de musulmanes que existen en el planeta, más de 800 millones viven en sociedades democráticas. El país con la mayor población musulmana, Indonesia, es (a pesar de sus muchos problemas) una nación libre que durante años fue el país modelo del Banco Mundial para el Tercer Mundo. Luego, Pakistán, Bangladesh y la India, los siguientes países con mayor número de musulmanes, han elegido mujeres como Primer Ministro mucho antes que la mayor parte de los países occidentales. Y Turquía, el quinto país con la mayor población musulmana, está a punto de ingresar a la Unión Europea.
Otros creen que el problema está en el Corán, por el supuesto fanatismo que inspira en los creyentes. Esto es falso. Ningún libro que ha fundado una religión (como la Biblia o el Corán) promueve la democracia, y éstos son textos vastos en donde cualquiera puede extraer lo que necesita para defender su posición, escritos en tiempos antiguos, mucho antes de que existiera la democracia moderna, tolerante y pluralista. Además, como han señalado varios analistas, si el problema está en el Islam, ¿por qué sólo hasta ahora ha hecho crisis? No sobra recordar que a lo largo de los siglos ha habido más períodos de paz que de conflicto entre Occidente e Islám.
Existe un grave problema, sin duda, pero no está en el mundo musulmán sino en el Medio Oriente, debido al fracaso político y económico de sus regímenes. El fanatismo antioccidental y el extremismo religioso que fomenta el terrorismo, nacen en estas sociedades cerradas y autoritarias. Hay una seria falta de libertad en esa parte del planeta. De los 22 países que conforman la Liga Árabe, ninguno se puede considerar una democracia con elecciones libres y transparentes. En cambio, por primera vez en la historia, y luego del fracaso del comunismo y el fascismo, la democracia ha triunfado en el mundo como el sistema político más adecuado para que la gente alcance los frutos del bienestar y la felicidad. De acuerdo con la organización Freedom House, los países que hoy son libres o parcialmente libres, se han elevado al 78 por ciento. En contraste, apenas seis países del Medio Oriente son parcialmente libres.
Occidente ha cometido un grave error con esta región, y lleva años pagando los costos. Ha fracasado en lograr un acuerdo justo entre Israel y Palestina. Y ha apoyado dictadores o monarquías que no han abierto el espacio de la participación política, ni han creado instituciones capaces de resolver los problemas sociales y económicos de su tierra. Allí, la globalización ha traído nuevos productos, pero no nuevas oportunidades ni más libertad. La mayoría de la población árabe es joven (más de la mitad es menor de 25 años). Y parte de esta juventud, sumida en condiciones míseras y sin medios de oposición, ha canalizado su rabia a través de la religión. De estos, algunos han optado por el extremismo. Su rabia es contra sus dirigentes. Pero culpan a Occidente por apoyarlos. Obama puede cambiar eso y puede corregir los errores de Bush. Pero debe hacerlo ahora.