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David y Goliat

13 de febrero de 2014 - 08:21 p. m.

¿Qué hace una persona, una comunidad o un pueblo entero desafíen la autoridad, y más cuando existe una clara desproporción de fuerzas y recursos entre el vulnerable y el poderoso?

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David y Goliat, el último libro de Malcolm Gladwell, no es uno de sus mejores, pero trata de responder esta pregunta. Su tesis central es que, a menudo, lo que se suele considerar como una desventaja no lo es siempre, y, de la misma manera, aquello que solemos interpretar como favorable, tampoco lo es necesariamente.

Se ha creído, por ejemplo, que la razón por la cual la gente obedece la ley, paga impuestos y respeta el orden civil, es por el factor de la disuasión: saber que el costo de actuar en un sentido (el castigo, la cárcel, el rechazo o el descrédito) será superior a los beneficios de actuar en el sentido contrario. Es, en parte, cierto. Hay gran evasión de impuestos en Grecia (y en Colombia), y poca en EE.UU., porque se sabe que las consecuencias de no pagar son triviales en un país, y severas en otro.

Sin embargo, hay otra razón más relevante y se resume en una palabra: legitimidad. En Grecia (y en Colombia), la gente siente que el código tributario no es justo, que está diseñado a favor de los ricos, y que su dinero se esfumará en manos de corruptos. La falta de legitimidad fomenta la evasión. En Irlanda del Norte, durante el período llamado The Troubles, 30 años de conflicto entre protestantes y católicos que dejaron más de 3.500 muertos, la razón por la cual la minoría católica se sublevó, desafiando a las autoridades, era porque sus derechos no eran respetados, y quienes estaban ahí para proteger la sociedad e imponer el orden (la policía cuyos miembros eran, en un 95%, protestantes), pertenecían al mismo grupo de creyentes que, de noche, les incendiaban las casas. El punto de quiebre en ese conflicto fue cuando miles de amas de casa, señoras sin armas o protección, marcharon a Lower Falls para llevarles comida a niños indefensos, cantando la canción We Shall Overcome. Las tropas del ejército, que miraban estupefactas a la multitud de mujeres que llegaban cantando, primero las agredieron, pero luego se tuvieron que retirar.

La lección es clara: cuando un grupo siente que la ley es injusta, que no tiene cómo hacerse oír por las autoridades, y cuando las reglas no parecen predecibles sino arbitrarias, tarde o temprano se va a sublevar, porque su condición carece de legitimidad. En ese momento, quizás las ventajas del grande jugarán en su contra, y a lo mejor las desventajas del inerme jugarán a su favor. Tal como sucedió con la historia bíblica de David y Goliat.

Sin duda, buena parte de los conflictos de la actualidad, como en Colombia, tiene su raíz en una crisis de legitimidad: la falta de equidad en EE.UU. y en el mundo, la Primavera Árabe y las protestas en India y Venezuela, son resultado de una injusticia, una situación desequilibrada en donde unos pocos se benefician del statu quo, y muchos se sienten, con razón, marginados, excluidos o maltratados. Hace poco Gladwell decía en una conferencia que cuando los líderes desean que sus ciudadanos se comporten, los primeros que se deben comportar y dar ejemplo son esos mismos líderes. Es el principio de la legitimidad. Sería bueno que esa lección se aprendiera en Colombia, y cuanto antes.

 

*Juan Carlos Botero

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