La gente suele meter en el mismo saco tres cosas distintas.
Una, para los creyentes, es la Divinidad, el ser supremo y creador del universo, que no evoluciona ni está sujeto al tiempo, que simplemente ES y que ningún ser humano es capaz de comprender en su totalidad, porque es demasiado vasto e insondable para caber en la cabeza de un solo individuo.
Otra cosa es la religión, que es la filosofía que intenta explicarle al creyente el concepto de la Divinidad, la suma de preceptos, mandamientos, historias y pensamientos que articulan y comprenden esa creencia, y por eso ha habido tantas religiones como ha habido tiempos y lugares, con dioses inspirados en las costumbres, los atributos y rasgos físicos, la fauna y flora de su tierra y hasta los atuendos de los pueblos que los invocan. Decir que una religión es verdadera y otras son falsas o están erradas es una insensatez fruto de la arrogancia y de la ignorancia, y ha sido causa de incontables crímenes, ataques, humillaciones, atropellos y actos de violencia a lo largo de los siglos.
Y una tercera cosa es la iglesia, la institución compuesta de hombres imperfectos y falibles que la organizan, que le dan cuerpo y orden, y que entran en contacto con la gente para guiarla, orientarla e instruirla en las tesis de su religión. Estas personas saben que toda religión es muchas cosas, entre ellas, y principalmente, un instrumento de poder con intereses claros, capaz de movilizar multitudes y hacer que éstas inicien grandes proyectos, desde construir templos, catedrales y pirámides, o conquistar pueblos, territorios y naciones, y también votar por tal persona, castigar a otras, proteger a los suyos e influir para que el Estado pase leyes que se ajusten a sus intereses.
El tipo de contacto que existe entre los líderes de una comunidad religiosa y sus fieles no es el mismo en todas las iglesias, y depende de las costumbres, reglas, jerarquías y tesis que éstas encarnan y defienden. La Iglesia católica tiene una serie de normas, definidas en la antigüedad y el medioevo, que hoy resultan inadmisibles, como que sus jerarcas tienen que ser, exclusivamente, hombres, y que éstos tienen que renunciar a la sexualidad. Estas personas son quienes velan por el alma de los fieles, y con la ayuda de monjas son quienes cuidan a críos en colegios, parroquias y reformatorios. Y estas personas, a quienes les han prohibido tener relaciones íntimas, trabajan a menudo en lugares aislados y sin supervisión, con menores de edad, indefensos y vulnerables, y después se extrañan que haya miles de casos de abuso sexual y hasta torturas y violaciones.
Todo depende de cómo se diseña la respectiva iglesia, y la católica tiene graves defectos en su organización. Por eso es la más propensa al escándalo. Porque una cosa es la Divinidad, y nadie puede afirmar, inequívocamente, que ésta existe o no (suponer una cosa u otra es una creencia, la aceptación o el rechazo de un acto de fe); otra es la religión y otra muy distinta es la iglesia, la institución encargada de explicar y defender un concepto de lo sagrado, y tanto las religiones como las iglesias son construcciones humanas, que se pueden cambiar. La católica está mal hecha, y quienes pagan el precio por las fallas en su diseño son los menores de edad. Y esa es una infamia.