Los defensores del arte conceptual que ahora está de moda, siempre utilizan el mismo argumento cuando alguien critica sus creaciones como banales o intrascendentes: Así siempre pasa en el arte, afirman. Siempre hay gente ignorante, sin visión y de ideas obsoletas, negados para apreciar el arte rebelde y de vanguardia.
Este es el gran chantaje del arte de hoy. Porque nadie quiere ser acusado de retrógrado o inculto, incapaz de valorar el arte de su tiempo, como pasó con el público que rechifló La consagración de la primavera de Stravinsky en 1913, que se burló del Impresionismo en los salones de pintura de París, que se rio del primer cuadro abstracto, hecho por Kandinsky en 1911, y de las obras iniciales del cubismo, liderado por Braque y Picasso, al despuntar el siglo XX. Esa acusación inspira tanto temor entre el público y los críticos, que muchos terminan aceptando y aplaudiendo gran parte de los embelecos que hoy se hacen pasar por arte.
Es una vieja estrategia: presentar el debate en términos de “Nosotros” vs. “Ellos”. Dos trincheras enfrentadas, en donde, de un lado, estamos Nosotros (señalan con la mano en el pecho), los valientes artistas del momento, solitarios y adelantados a nuestro tiempo, que luchamos por romper las barreras de la ceguera, heroicos e incomprendidos, igualitos a Van Gogh. Y en la otra trinchera están Ellos, los miopes que carecen de visión y lucidez para admirar nuestro arte de avanzada.
Esa división es falsa. Estos artistas no son rebeldes incomprendidos. Al revés: son los más comerciales, los que venden sus productos por cifras colosales. Y si son incomprendidos no es por avanzado,s sino porque en sus obras no hay nada que comprender. Y en la otra trinchera tampoco hay una muchedumbre ignorante. Hay un público sediento de arte de calidad, que le diga algo, que no sólo sea agresión o engaño, como Martin Creed que vomita en el escenario y cobra por verlo, o un artista de apropiación (término que legitima el plagio descarado) como Richard Prince, que toma fotos de anuncios de publicidad y las vende por un dineral, o Christopher Wool, que pinta frases en un lienzo y, bueno, si fueran frases geniales o al menos originales se podría entender, pero suelen ser frases tomadas de otros, como de una película, y le pagan millones por esa estafa.
Sin duda, hay mucha farsa en el arte actual. Por suerte no todo es malo ni todo es arte conceptual, uno de los mayores fraudes que se han visto en siglos. Pero pocos se atreven a decirlo, a denunciar a estos avivatos de timo y estafa por temor a su feroz acusación: la de ser un reaccionario desprovisto de una visión moderna. La crítica sucumbe entonces al chantaje y celebra piezas banales no por convicción (a menudo se burla después de las mismas), sino por temor. Y por negocio. Porque al avalar las sandeces de un Hirst o un Koons hacen fortunas en su venta a clientes incautos.
En suma, si uno no aplaude los embustes del arte actual, el equivocado es uno. Y en eso consiste el triunfo del chantaje: en lograr el éxito pero no mediante el trabajo, el talento o la calidad, sino mediante la réplica burlona y la intimidación. Depende de nosotros, del público, alentar esa farsa y seguirla como borregos, o protestar y atreverse a decir lo que salta a la vista: el rey está desnudo.