La razón por la cual Colombia es reacia a una clasificación simplista, que no permite una fácil definición ni un retrato de uno o dos colores, es porque tiene diversas realidades contradictorias que coexisten de manera simultánea y permanente. Y al tratar de entender el país la gente suele escoger una sola de esas versiones, minimizando las otras, y por eso la imagen es casi siempre incompleta y parcializada, porque para hablar de Colombia hay que pensar en varios aspectos incompatibles que son verdad al mismo tiempo.
Sin duda, Colombia es un país violento, y ha visto atrocidades que pocas veces han ocurrido en otros países. La prueba no es sólo la violencia cotidiana de la delincuencia común, sino la violencia guerrillera (basta evocar el collar bomba de 2003) y, a la vez, la violencia paramilitar, con sus escuelas para descuartizar personas, utilizando gente viva y usando machetes porque las motosierras se enredaban en la ropa de las víctimas.
Pero también es un país que ha luchado sin cesar en busca de la paz y la reconciliación de todos los colombianos. Que tiene un fuerte sentido de la familia, que a diario muestra ejemplos de empatía y solidaridad, y que, a pesar de poner la cuota más elevada de dinero y sangre en la guerra mundial de la droga, sigue dando la pelea, de sol a sombra, luchando contra la intolerancia y la barbarie.
Y sí, sin duda, Colombia es un país corrupto.
Pero también es un país cuya economía ha sido manejada con seriedad y prudencia, a pesar de los vaivenes de los gobiernos, evitando las crisis económicas que han plagado a muchos países vecinos. No ha incumplido el pago de sus deudas, ni ha incurrido en la hiperinflación que han sufrido otros países de América Latina, y su manejo siempre lo califican las agencias internacionales como sensato y realista.
Y sí, sin duda, Colombia es un país pobre y subdesarrollado.
Pero también es un país dotado con una tenacidad que sólo se ve en las grandes naciones. Porque a pesar de tantos conflictos que atormentan el país, éste sigue avanzando, gradualmente, hacia el desarrollo y la mejoría en la calidad de vida de sus compatriotas. Quizás pocos pueblos podrían soportar uno solo de los grandes problemas que sufre el nuestro sin despeñarse por el abismo del caos irreparable; pero Colombia, en cambio, los ha capoteado todos y al tiempo, y aun así sigue navegando hacia adelante.
Claro, Colombia padece una pobreza castrante; terrorismo a escala colosal; grupos guerrilleros que abandonaron su romántica ideología para convertirse en asesinos, dedicados al secuestro, la extorsión y la custodia de los cultivos del narcotráfico; paramilitares que se aliaron con la mafia y duplicaron a la guerrilla en sus masacres; carteles de la droga que han amenazado nuestras libertades y envilecido la justicia y la rama legislativa, y casos de corrupción que salpican las páginas de los diarios cada mañana. Colombia ha padecido todos estos conflictos al tiempo, pero sigue construyendo una sociedad más justa y pacífica. ¿De cuántos países se puede decir algo así?
Entonces no basta pensar en una sola de estas realidades para entender el país. Hay que pensarlas todas y a la vez para acercarnos a lo que es Colombia. Con todos sus defectos y conflictos, pero también con todas sus virtudes y su grandeza.