CUANTO MÁS OBSERVO EL ARTE conceptual, más admiro a los maestros del pasado. Quizá la humanidad ha progresado en muchos frentes, pero en donde ha habido un claro deterioro es en las artes. Basta pensar en un aspecto de la pintura que, por lo visto, ya se perdió para siempre: la importancia del retrato.
Uno de los mayores retos de todo pintor figurativo es el rostro humano. Al igual que cada parte de nuestra anatomía, la cara es una forma física y material, pero allí es donde más se concentra la suma de sentimientos, ideas y emociones que traslucen la interioridad de la persona.
Es decir, en esa imagen circular, ovalar, cuadrada o triangular, compuesta de apenas ocho elementos esenciales (una nariz, un par de ojos, las orejas, una frente, una boca, las mejillas, el cabello y un mentón), se expresa la singularidad del individuo. Al caminar en medio de una multitud y reflexionar sobre ello, resulta asombroso comprobar que toda persona tiene un semblante con sólo esos ocho atributos, y, no obstante, cada faz es diferente, no hay dos iguales, y cada una, más que cualquier otra parte del cuerpo, refleja la psicología de esa persona.
Por ello, de todo el organismo humano, la cara (su forma y aspecto, sus rasgos y facciones) es la que encarna, con mayor elocuencia, la realidad actual y el pasado incalculable de todo individuo: su estado de ánimo, su edad y salud, su temperamento y humor, su brío o fatiga, su vanidad o modestia, y, en ocasiones, hasta su profesión, su riqueza y su origen. En una palabra: su identidad. Entonces la meta de brindarle al rostro veracidad, pero manteniendo la fidelidad al estilo propio, representó un desafío para todos los pintores hasta la llegada, por supuesto, del arte abstracto.
Los maestros del retrato fueron varios. Sobresalen los nombres, entre muchos otros, de Giorgione, Bellini, Tiziano, Rembrandt, Ingres, Velázquez, Goya, Memling, Van Eyck y Hans Holbein, el joven. Dos de los mejores que se conocen de éste último son Sir Thomas More, y Thomas Cromwell que están en Nueva York. En el primero, reluce el terciopelo rojo de la manga de More, y se perciben las primeras canas de su rostro mal rasurado. Y en el segundo, Holbein no se limitó a copiar un aspecto físico, sino que captó el carácter implacable del agente de Enrique VIII, quien está sentado de medio lado, irradiando una mirada fulminante. Lo cierto es que en estos casos los artistas trabajaban con una camisa de fuerza, porque no podían inventar el rostro a su antojo, sino que debían respetar líneas inviolables, pintando al modelo que tenían en frente, alguien famoso además, y su propósito era lograr la identificación y la similitud. Pero lo tenían que hacer sin traicionar la filosofía de su estilo artístico.
Muchos de ellos, por cierto, fueron expertos en pintarse a sí mismos, los célebres autorretratos, siguiendo una tradición que comenzó en el Renacimiento. En el caso de Goya, por ejemplo, lo vemos pintado en diferentes épocas, trajes y posturas, incluso agónico en uno de sus últimos lienzos. Sin embargo, lo importante es que el artista se presentó, casi siempre, y sin que importara el año, el disfraz o la vestimenta, como pintor: sosteniendo la paleta de colores en una mano y su pincel de artista en la otra. Su propósito era claro: subrayar la prioridad de su vocación.
En verdad, no puedo dejar de pensar en cuánto extraño esa actitud, íntegra y respetuosa de una tradición artística de siglos. Y más cuando observo lo que se exhibe hoy en día, y que tiene la osadía de llamarse arte.