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El tres de mayo de 1808

30 de mayo de 2008 - 10:34 p. m.

RECORDEMOS LA OBRA MAESTRA. Sobre un fondo nocturno, en lo alto de la colina del Príncipe Pío, donde se vislumbran los tejados de Madrid, los patriotas son llevados como corderos al matadero.

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Contra un muro de piedra, ferozmente iluminado por un farol puesto en el suelo, los soldados del pelotón de fusilamiento les disparan, a bocajarro, a los ciudadanos indefensos, y a sus pies yacen los primeros cadáveres.

En los instantes previos a la muerte todos reaccionan de manera distinta: unos se tapan los ojos, otros rezan y otros sollozan desesperados. Pero de pronto, casi en el centro del lienzo, un solo hombre, de rodillas y vestido con un camisón blanco que le brinda un dramatismo alucinante, hace lo que está a su alcance en el último segundo de su vida: se abre de brazos como Cristo en la cruz y ofrece su pecho a los fusiles, en un acto estremecedor de protesta y coraje. ¿Un gesto inútil, como lo demuestra el cadáver sangrante en la tierra, el que reproduce el mismo ademán de los brazos abiertos? Quizás. Pero es un acto que nos salva como especie, porque cuando todo está perdido, parece decirnos el gran artista, todavía queda un resquicio para el desafío. Para la conducta heroica. Para la dignidad.

Ésta es una de las grandes pinturas de la historia: El tres de mayo de 1808, de Francisco de Goya. El famoso cuadro, de 1814, cuelga en el Museo del Prado, en Madrid, y el bicentenario de los hechos que lo inspiraron acaba de pasar: el levantamiento del pueblo español contra las fuerzas de Napoleón. Mucho se ha escrito sobre este óleo inmenso, pero uno de sus aspectos me parece el más relevante.

La alusión a Cristo no es casual. La postura del valiente personaje, este mártir anónimo con los brazos abiertos, y la herida en su mano que recuerda los estigmas, establecen un paralelo intencional, porque su acto de grandeza, como el de Cristo, triunfa sobre la barbarie de sus asesinos. Este patriota español ha caído de rodillas, pero no está vencido, y por eso es uno de los mayores símbolos de resistencia y defensa de la libertad y valor ante la muerte de todos los tiempos. Es más: siempre he creído que Hemingway se inspiró en esta imagen para crear su estoico pescador de El viejo y el mar. El anciano Santiago que afirma, quebrantado: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

Al estudiar la obra completa del escritor, aparece la semilla de esta idea desde sus primeros textos, asomando la cabeza en varios de sus relatos magistrales y en sus novelas, incluso las menos afortunadas, hasta alcanzar esta síntesis perfecta de ocho palabras. De modo que no me extrañaría si al ver la obra de Goya, Hemingway haya quedado mudo del asombro, porque allí estaba expresada, en una imagen abrumadora, la convicción que él venía madurando desde hacía años: la idea de que un hombre humilde, sin apariencia de héroe, podía demostrar un heroísmo semejante al de Cristo.

Por eso el viejo Santiago, cuando los tiburones atacan su gigantesco pescado, exclama “¡Ay!”, y el narrador aclara: no hay traducción para este grito; es sólo el ruido que hace un hombre cuando siente el clavo atravesar su mano y penetrar la madera. Y cuando por fin llega a su pueblo de pescadores, se echa el mástil al hombro y asciende a su choza, pero cae de rodillas, cinco veces. Es su vía crucis. Como el personaje de Goya, Santiago luce acabado, pero no está derrotado. ¿Oíste, Íngrid? No derrotada.

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