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El verdadero enemigo

04 de octubre de 2019 - 12:00 a. m.

Donald Trump es el presidente más racista y corrupto que ha tenido EE.UU. desde los años vergonzosos de Richard Nixon. Su incitación a la violencia; sus políticas antidemocráticas; sus aranceles suicidas que están creando, de manera innecesaria, una crisis económica mundial; sus agresiones a los aliados tradicionales y sus elogios a los dictadores más atroces; su ignorancia descomunal, al punto de querer comprar el país independiente de Groenlandia; sus mentiras diarias; sus discursos polarizantes; su empeño en dividir el país en vez de unificarlo; su estupidez de acabar tratados de trascendencia internacional, como el pacto con Irán y el Acuerdo del Pacífico; su negación del cambio climático y sus esfuerzos de eliminar regulaciones sensatas para impedir la contaminación de fábricas y automóviles, a tal punto que estas mismas industrias han protestado en su contra, no son nada frente al verdadero culpable de todos estos horrores: el Partido Republicano.

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Porque una cosa es negar la existencia del cambio climático y no hacer nada por proteger el medio ambiente. Pero otra cosa muy distinta es cometer actos deliberados para contaminar el mundo, y eso es lo que ha hecho Trump, de la mano del Partido Republicano, al eliminar las normas para impedir la emisión de gases de tipo invernadero.

Las masacres cotidianas que desangran este país se podrían impedir fácilmente, creando leyes sensatas del uso y posesión de armas de fuego, como han hecho, de manera exitosa, todos los demás países avanzados. Y el que se opone a esas medidas, y le hace el juego sin vacilar a la NRA, es el Partido Republicano.

Lo cierto es que todas las locuras que ha hecho Trump han sido posibles porque esta colectividad se lo ha permitido. El racismo, abierto o soterrado, incitado mediante proclamas o silbatos de perro, ha sido tolerado y fomentado por este partido. El país requiere, para fortalecer su economía y reparar la infraestructura nacional que se derrumba, un ambicioso plan de obras públicas, aprovechando las tasas de interés tan bajas y la relativa salud de la economía. Pero el Partido Republicano torpedeó cada una de las iniciativas que trató de implementar Obama para lograr ese fin, y con este presidente ha preferido, más bien, dedicarse a desmantelar el exitoso programa de salud pública, Obamacare. El país requiere una política internacional sensata, fortaleciendo los vínculos con los aliados tradicionales y condenando los atropellos de los dictadores, pero ha preferido, más bien, someterse a las locuras belicistas e irresponsables de este mandatario. Esta colectividad ha respaldado a un psicópata temerario y ha sido cómplice, mediante sus acciones o su silencio, de la política de polarización y la incitación a la violencia propiciadas por este presidente. El partido se ha limitado a bostezar ante la docena de mentiras diarias de Trump, pisoteando el concepto sagrado de la verdad, y se ha cruzado de brazos ante los ciberataques de China y Rusia. E incluso ahora, al ser Trump pillado en un crimen contra la nación que seguro lo llevará a salir a patadas de la Casa Blanca, este partido, increíblemente, todavía lo respalda.

Por todo esto, se ha dicho antes pero vale la pena repetirlo ahora: el enemigo del pueblo no son los medios, como dice Trump. Es el Partido Republicano.

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