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¿En dónde está la ira?

10 de octubre de 2008 - 07:34 p. m.

AHORA VALE LA PENA RECORDAR LA indignación que se sentía en Estados Unidos durante el escándalo de Clinton con Mónica Lewinsky.

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La gente estaba furiosa y se escuchaban las vestiduras rasgadas y los aullidos de ira porque el presidente, un hombre de familia, había mantenido relaciones íntimas con su asistente y, peor aún, había mentido sobre ello a todo el país. Por ese motivo, no lo olvidemos, Clinton fue acusado por la Cámara de Representantes de haber cometido un delito, aunque luego fue absuelto por el Senado en febrero de 1999. El segundo presidente en la historia del país (junto con Andrew Johnson en 1868) que ha sido impeached. Ni siquiera Richard Nixon padeció un castigo tan severo.

Sin embargo, lo más increíble no es eso, sino que los ocho años de gobierno del presidente Bush no han provocado una rabia comparable. Como preguntó la revista Time: ¿En dónde está la ira? Porque cuando se comparan los resultados de un mandato con otro, es insólito que la conducta de Clinton haya desatado aquel berrinche, mientras que la de Bush ha sido tolerada sin una sola protesta significativa.

Según varias fuentes, Clinton entregó el país con un superávit de 559 mil millones de dólares. Y a pesar de los escándalos de la Lewinsky y Paula Jones, su popularidad al dejar la Casa Blanca era del 65 por ciento, la más alta de un presidente de EE.UU. después de la Segunda Guerra Mundial.

El contraste con Bush no puede ser mayor. Desde que la firma Gallup inició sus encuestas (hace 70 años), ningún presidente ha terminado su gobierno con una popularidad más baja. Bush entrega el país con la peor crisis financiera que ha existido desde la Gran Depresión de 1929 y un déficit que, para el año 2009, llegará a 410 mil millones de dólares. Además, declaró una guerra basada en mentiras, contra el enemigo que no era, llevándose por delante la opinión contraria y mayoritaria del resto del mundo, propinándole un golpe mortal a la ONU, y cuyos costos, en vidas y dinero, han sido colosales. Durante su mandato se torturó en las cárceles de Abu Ghraib y Guantánamo, sin que nadie de importancia haya sido castigado a la fecha. Los escándalos en Irak, con los contratos de la ex empresa del vicepresidente Cheney, fueron noticia durante meses. Y en vez de proteger a los pobres, Bush premió a los ricos. El 1 por ciento de la población hoy se lleva el 20 por ciento de los ingresos nacionales. Lo que no se veía, como anotó Robert Reich, desde 1928.

Luego del 11 de septiembre de 2001 se necesitó, más que nunca, de un líder prudente en el uso del poder y sabio en las relaciones internacionales. Bush, en cambio, un estudiante de notas mediocres, nunca había salido del país, salvo para pasar su luna de miel en México, aunque nadie había tenido más oportunidades para conocer el mundo. Además de presidente, su padre había sido embajador en la China, de EE.UU. ante la ONU, y vicepresidente de Reagan. Con esos privilegios, hay que ser muy arrogante y poco curioso para ni siquiera poseer un pasaporte, como era su caso. Que alguien así llegue a gobernar el país más poderoso de la historia es increíble, y más aún que haya sido reelegido. Pero es todavía más inaudito que termine su gobierno y, después de tantos errores inmensos, la gente no proteste con la misma indignación que se vociferó durante el juicio a Clinton. Hace poco vi una pegatina que lo dice todo: “Cuando Clinton mintió, nadie murió”.

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