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Espiral de violencia en Colombia

27 de febrero de 2014 - 08:51 p. m.

La gente se sorprende de que ocurran actos violentos en Colombia, pero lo más triste y alarmante es que no debería, porque con el tiempo nos hemos construido una sociedad en donde la violencia no sólo se tolera y a menudo se admira, sino que a su vez se retroalimenta.

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La violencia, en efecto, no sucede en un vacío. Sucede en un contexto. Y el nuestro es uno en donde, de un lado, hay cierto permiso y estímulo a cometer actos violentos, ya que muchos otros lo hacen (y son personas, con frecuencia, celebradas), y, de otro lado, hay una constante minimización de la violencia propia, porque se compara con otras atrocidades más sangrientas y horrendas.

Sin duda, los actos que se vuelven públicos tienen un efecto contagioso en la población. En las semanas siguientes al suicidio de Marilyn Monroe, los suicidios en EE.UU. aumentaron en un 12%. La violencia de narcotraficantes y paramilitares escaló a niveles delirantes en parte porque los sicarios se sentían espoleados por los actos de sus colegas, hasta alcanzar una espiral, fuera de control, de vejámenes que incluyeron actos de canibalismo y escuelas de descuartizamientos, practicadas con personas vivas raptadas de caseríos humildes, y usando machetes en vez de motosierras, porque éstas se enredaban en las ropas de las víctimas. Cuando se mata tanto, como sucedió con los paras, surge un problema de logística, pues hay que deshacerse de los cadáveres en forma rápida y eficaz, y ocupando el menor espacio físico posible. Lo impensable, entonces, se vuelve permitido por un antecedente, y es, a la vez, fomentado.

Igualmente, el carácter particular de nuestra violencia le resta gravedad a lo inaceptable. La violencia es relativa, y un acto se percibe como atroz y suscita rechazo según con qué se compara. En un país como el nuestro, pasarse un semáforo en rojo es una transgresión menor, y la gente lo hace a diario. En un país desarrollado, en cambio, en donde se discute si la espuma de afeitar usada en fiestas populares es peligrosa, pues un anciano se puede resbalar y fracturar un hueso en la acera, pasarse un semáforo en rojo es algo serio. Si alguien vive en un contexto en donde se masacra un partido político completo y no hay capturas ni condenas ejemplares, una agresión doméstica o delincuencial parecerá pequeña en comparación, y por eso menos grave. De ahí a creer que está permitido hay un paso.

En estos días, por ejemplo, un niño apuñaló a su profesora en Pereira. Un hombre mató a otro con una cuchara en el Huila. Otro atacó a su esposa con un martillo en Popayán. Dos brasileñas fueron asaltadas en Bogotá. Se atentó contra Aída Avella. Y en Casanare dos menores mataron a su abuelo por dinero. En este contexto, ¿parece grave manosear a una mujer en Transmilenio, o darle una paliza a un menor, o empujar a un transeúnte, o insultar a un conductor? No, y menos cuando una mujer es atacada con ácido en el rostro, otra es decapitada con un machete, y otra torturada con alicates. La gente reacciona con horror o naturalidad ante hechos violentos, dependiendo de lo que se interpreta como normal u horrible en la escala de lo atroz. La frecuencia de nuestra violencia genera más violencia en Colombia, y es tan salvaje que vuelve tolerable lo inaceptable. Y cuando eso sucede en un país, se toca fondo.

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