Este virus no perdona el error ni el descuido. Y eso es lo más temible. Conviene interpretar esta situación como si nos estuvieran tratando de meter un gol. Lo único que se sabe es que la portería es del tamaño del hogar de cada uno, pero no sabemos qué tan grande es el balón, ni de qué color es, ni quién lo está disparando, ni desde qué ángulo. Y hay que hacer lo que sea por impedir el gol. Porque si ingresa el virus en casa, como se ha visto en tantos lugares del mundo, las secuelas pueden ser, literalmente, fatales.
Hay que desear lo mejor, claro, pero debemos alistarnos para lo peor. Hay que ahorrar de todo y a cada momento, porque no sabemos si más adelante, dependiendo de la duración de esta pesadilla, se dispondrá de lo necesario para vivir. Sin embargo, por ahora lo más difícil es aceptar la nueva fragilidad de la existencia. Ahora, cosas tan triviales como la tos del vecino, la estornudada de un extraño, unas manos mal lavadas (tuyas, o de cualquier miembro de la familia), un zapato mal desinfectado o la bolsa de las compras pueden representar una amenaza mortal. El peligro acecha en el buzón del correo, en el domicilio dejado en la entrada, en el billete o la tarjeta de crédito que se usó en el mercado, en la manija de la puerta y en cada detalle de la vida diaria. Este virus no perdona el error, por pequeño que sea. Exige un estado de vigilancia extrema y de alerta permanente, y cualquier descuido, de cualquiera de nosotros, puede propagar la enfermedad y la muerte de manera incalculable.
No obstante, este virus también puede representar una oportunidad. Pero la oportunidad depende de la esencia de cada persona. Para unos, es un pretexto para reivindicar la xenofobia y practicar el racismo. Para otros, es un momento para ejercer la compasión y el altruismo. Para otros, es una ocasión para abusar de la pareja en el encierro, de la manera más cobarde e infame. Para otros, es la hora de dar gracias a quienes recogen las basuras, reparten el correo, atienden en mercados y farmacias, y a quienes se aseguran de que la luz y el agua lleguen a nuestro hogar. Para otros, como los médicos, los policías, los bomberos y las enfermeras, es una coyuntura para mostrar, una vez más, lo que son: unos héroes.
En todo caso, es necesario pensar en este virus como si fuera un terrorista. Recuerdo el famoso atentado del Gran Hotel de Brighton en Inglaterra, orquestado por el Ira el 12 de octubre de 1984, para matar a Margaret Thatcher. Aunque murieron cinco personas en la explosión, la primera ministra se salvó de milagro, y al otro día el grupo terrorista hizo su famosa declaración: “Hoy no tuvimos suerte, pero recuerde que sólo necesitamos tener suerte una vez. Usted tendrá que tener suerte siempre”. Con el COVID-19 pasa lo mismo: este necesita tener suerte una sola vez para meterse en nuestra casa y causar estragos, y basta bajar la guardia un instante para que se cuele y contagie a la familia. Más aún: con la orden de encierro y los hospitales congestionados, no tenemos margen de error. Ahora algo tan simple como un tajo con el cuchillo de la cocina o una carie puede desatar una crisis doméstica. Ya no existen errores pequeños ni descuidos menores, pues este virus no perdona la imperfección. Y cuanto antes asimilemos ese hecho, mejor será para todos.