Estamos perdidos, dijo el guía.
Era cierto. Esto ocurrió hace años en la selva del Amazonas, adonde habíamos llegado con un grupo de investigadores en busca del delfín rosado, el legendario bufeo. Después de buscarlos durante días, al fin los descubrimos en un arroyo y los observamos durante horas, viendo cómo sobresalían del agua y se movían con la ayuda del sonar, pues sus ojos pequeños no les sirven de mucho en esas aguas opacas, y admirando su color que es, realmente, rosado claro. Son tiernos y jugetones, y su boca se prolonga en un hocico delgado con más de 100 dientes. Estábamos atormentados por los mosquitos, al punto que no tuvimos más remedio que sumergirnos bajo el agua y respirar mediante un tallo como una caña de bambú. Al final del día, tratamos de regresar a Puerto Inírida, pero al cabo de un rato, navegando por caños y quebradas y oyendo el rugido del único motor de la lancha, larga como una piragua, comprendimos nuestro error, pues nos habíamos internado demasiado en la selva. Sin mapa o radio, con el sol iniciando su descenso tras las copas de los árboles, supimos que el guía tenía razón, y se notaba en su rostro. Estábamos perdidos en la mitad del Amazonas.
En ésas sucedió algo extraño. Un pájaro empezó a volar delante nuestro, manteniéndose a un par de metros de la proa de la lancha. Y lo insólito fue que el guía decidió seguirlo en la oscuridad. Lo iluminamos con una linterna, aleteando sin cesar en el aire, durante horas. Pero más insólito todavía fue que el pájaro nos llevó justo hasta nuestro hostal, y tan pronto atracamos en el muelle, desapareció en la noche.
No es la primera vez que un pájaro hace de salvador. En 1903, un veterano de la guerra civil, George B. Andrews, mientras trabajaba en su casa, se cayó de una silla, se golpeó contra la estufa y se abrió un tajo en el cuello. Privado en el suelo, su loro pareció captar la gravedad de lo ocurrido y armó tal escándalo que los vecinos llegaron para ver qué estaba pasando. Éstos llamaron a un médico, quien le cogió varios puntos al viejo en la cocina. Menuda suerte, exclamó el médico. Media hora más y este hombre estaría muerto.
Pero quizás el caso más extraño fue cuando el SS Central America, un barco de 280 pies de eslora, que zarpó de Cuba el 12 de septiembre de 1857 con 508 personas a bordo y una carga de 20 toneladas de oro, se hundió por un huracán a 160 millas de Carolina del Norte. 425 pasajeros murieron y 153 fueron rescatados de milagro. Incluso un barco desvió su rumbo en medio del huracán y sacó de las aguas a 50 personas en la noche, gracias a que su capitán fue atacado en cubierta por un pájaro y el hombre interpretó el hecho como una señal para virar de dirección. De no haber sido por eso, declaró después, él jamás se habría acercado al lugar del siniestro.
Para concluir, uno de los incidentes más memorables relacionados con las aves se vio en el programa de televisión de Andy Griffith. Cuando su hijo mató a un cardenal con su cauchera (la madre de unos polluelos que habían nacido hacía pocos días), Andy le ordenó al chico en castigo que se quedara toda la tarde en su cuarto con la ventana abierta. Y así el niño escuchó el lamento de los pajaritos, llamando a su madre que nunca más regresaría al nido. Así el joven aprendió la lección. De por vida.