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La culpa compartida

27 de agosto de 2015 - 09:40 p. m.

SEGURAMENTE CADA UNO HABRÁ sentido la culpa compartida por toda la sociedad, por ser testigo de tantos delitos que dejan preguntas que arden en la mente:

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¿Habría podido hacer algo yo por impedir ese crimen? ¿Por anticipar la violación o la matanza o el atropello? Porque lo grave de vivir en una sociedad como la nuestra no es sólo correr el riesgo de sufrir en carne propia una de mil calamidades que ocurren en el país cada día, ni ver cómo nos familiarizamos con tantos sucesos atroces, acostumbrándonos a la infamia a fuerza de repetición, al punto que la masacre que se anuncia en los noticieros de la mañana a veces ni siquiera se menciona en las noticias de la noche, sepultada bajo el alud de otras tragedias del día; lo peor es sentirse, confusamente, culpable en parte de esas desgracias, sin haber tenido nada que ver con ellas en forma directa. Porque así nos sentimos, culpables por acción u omisión, de la misma manera que ciertos pueblos se sienten partícipes del holocausto judío, del Gulag de la Unión Soviética, la bomba atómica en Hiroshima o los campos de la muerte de Pol Pot. Esas tragedias, se creía, las habían causado unas cuantas personas espoleadas por la rabia, la religión, la política o el fanatismo, mientras que la mayor parte de la población era inocente de su existencia. Pero ahora se sabe que cuando ocurre una barbarie a esa escala, como pasa con la violencia en Colombia, no sólo la desatan unos pocos, sino que se requiere de grandes sectores de la población para que sean posibles. Acción u omisión. Pueblos enteros que mediante su silencio, cooperación, cobardía o respaldo toleran, aplauden o fomentan el horror. Implícita o explícitamente. Basta tomar el caso de Alemania. Sabemos de los campos infames de Auschwitz, Treblinka, Buchenwald y Dachau. Y por tratarse de un grupo reducido se podía creer que los crímenes que allí sucedieron eran extremos y aislados, hechos atroces, pero excepcionales que no involucraban al resto de la sociedad. Pero ahora se sabe que los centros creados por los nazis, incluyendo campos de tortura, de concentración, de prisioneros y de exterminio fueron más de 42.500. No era una barbarie aislada y se necesitó de vastas franjas de la población, mediante su ayuda, complicidad, acción o silencio, para que esos campos existieran. Había fábricas de trabajo forzado, recintos para practicar abortos a la fuerza, y más de 500 burdeles de esclavas sexuales para los militares alemanes. Además de los 6 millones de judíos asesinados en los campos, por esos centros desfilaron entre 15 y 20 millones de rusos, judíos, gitanos y polacos. Algo similar sucede en Colombia. Nos gustaría creer que nuestra violencia es obra de unos pocos cometiendo horrores sin el conocimiento de los demás. Pero no es cierto. Porque así como no es válido que el pueblo alemán diga “No sabíamos, y por eso no somos culpables de estas atrocidades”, tampoco es válido que eso se diga en Colombia. Nuestro baño de sangre de décadas salpica a todos, porque cada uno podría añadir su cuota de acción, denuncia o intransigencia para que la barbarie no persista en semejante forma. En suma: si la tragedia requiere de tantos y en diversos grados para que ocurra, entonces la responsabilidad final también es compartida entre muchos. Empezando con uno mismo.

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