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La importancia de un individuo

27 de febrero de 2009 - 09:28 p. m.

ES ASOMBROSA LA IMPORTANCIA que puede tener un solo individuo en el mundo.

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Lo hemos visto demasiadas veces a lo largo de la historia. Y en países como el nuestro, en donde las instituciones políticas siguen siendo frágiles y poco eficaces, una sola persona puede tener un efecto decisivo en la comunidad, ya sea para bien o para mal. Durante años, por ejemplo, la ciudad de Bogotá se volvió invivible. Y peor aún: parecía que nada la podía rescatar, y que los habitantes estaban condenados sin remedio a padecer un deterioro de las condiciones urbanas: peores colegios, peor tráfico, peores servicios, peores hospitales, menos parques y bibliotecas, y mayor inseguridad. Sin embargo, bastó que un solo alcalde, Enrique Peñalosa, convirtiera la ciudad en un ejemplo mundial, una urbe más amable y vivible, dotada de parques, bibliotecas, mejor transporte y mayor seguridad. Medellín ha tenido la suerte de contar con varios alcaldes de gran calidad, y hoy la ciudad es un reflejo de sus buenas gestiones. Y Barranquilla, que durante años parecía un caso perdido debido a la desidia, la corrupción, la falta de civismo y la erosión de la infraestructura urbana, ahora, con su joven alcalde, Alejandro Char, otra vez ha demostrado que una sola persona puede hacer una diferencia abismal.

Para bien y para mal, repito. Por desgracia, ahora Bogotá está perdiendo lo que conquistó con tanto esfuerzo. Además de la inseguridad, el desgaste en la calidad de los servicios y el aspecto cada vez más grisáceo de la ciudad, el tráfico se resume en una palabra: imposible. Los ejemplos abundan, pero sólo resalto éste: en estos días una mujer tuvo que llevar a su hijo de urgencias al hospital más cercano, y tardó casi dos horas en recorrer menos de diez cuadras. Eso es inaceptable. Y basta ver las interminables filas de personas, esperando en la lluvia, para pagar los servicios o subirse al Transmilenio, para sentir una indignación colosal y un desaliento abrumador.

A nivel internacional sucede lo mismo. Incluso en un país de instituciones sólidas como los Estados Unidos, en donde un presidente puede ser forzado a renunciar por corrupto gracias a las denuncias de un par de periodistas, y aun así la nación continúa su marcha no sólo sin que se deshaga el sistema político sino que no haya un tropiezo en la sucesión de mando, una sola persona puede tener un efecto trascendental. Pasar de un presidente como Bush, por ejemplo, que avala la tortura y esconde las cuentas de su guerra brutal e innecesaria, a Obama, que condena la tortura ante el Congreso, que promete cuentas claras en la guerra de Irak y en el gasto público para salvar el sistema financiero, que recomienda que los padres le lean a sus hijos, que señala que cuando un joven deja la escuela no sólo se defrauda a sí mismo sino también a su país, y que exigirá responsabilidad a los bancos y no tolerará el despilfarro de sus directores, es un cambio bienvenido que infunde optimismo y recupera la confianza. Que combate el cinismo que ha echado raíces en todo el mundo. Una sola persona. Capaz de cambiar la realidad social y política de su tiempo. No es fácil, lo sabemos. Pero es posible. Y ojalá en Colombia eso nunca lo olvidemos.

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