Insisto: el mayor peligro que enfrenta el proceso paz del presidente Santos no gira en torno a los acuerdos que se van a firmar en La Habana, ni a su aprobación mediante un gran referéndum nacional, y ni siquiera gira en torno a qué tanto los frentes de las Farc van a respetar lo pactado en Cuba.
El mayor peligro son las expectativas que hay en torno al proceso de paz, y me temo que esas expectativas, por falta de claridad y pedagogía de parte del Gobierno, ya son desmesuradas y serán poco menos que imposibles de satisfacer.
Ese es el centro del problema. Porque si a causa de esas ilusiones la gente aspira a tener una nueva realidad luego de lo acordado en La Habana, y así se logre mucho tras la larga y compleja negociación, habrá una terrible decepción al ver que el resultado final es inferior a lo que se espera. Lo cual no sería justo con la seriedad con la que el equipo de Humberto de la Calle ha trabajado durante meses, y tampoco sería justo con un país que necesita, con urgencia, un proceso de paz exitoso.
Vuelvo e insisto: el triunfo o el fracaso del proceso de paz depende de sus expectativas. Y lo grave es que, a la fecha, la ilusión de casi todo el país consiste en creer que, tras la firma del proceso y su aprobación mediante un referéndum, se habrá puesto fin al conflicto armado y se acabará la violencia en el territorio nacional. Y la realidad, por el contrario, es muy diferente.
No hay que olvidar que las Farc hoy son culpables de sólo una parte de la violencia en Colombia. Hace unos 30 años, cuando Pablo Escobar lidiaba una guerra a muerte contra el Estado, y la guerrilla sembraba el terror con varios grupos insurgentes y más de 20.000 rebeldes, y los paramilitares mataban gente a manotadas, y a pesar de que esas tres fuerzas ilegales recibían toda la atención de los medios, la cantidad de muertes violentas que éstas producían juntas no llegaba al 20% del total. El resto eran riñas, accidentes, suicidios y actos de delincuencia común. Hoy las Farc, reducidas a unos 7.000 guerrilleros, son responsables de sólo una fracción de los homicidios, y el resto procede de riñas, delincuencia común y violencia intrafamiliar.
Por esa razón, de firmarse la paz con las Farc, la gente sufrirá una decepción al ver que la mayor parte de la violencia continúa, y que el problema de la inseguridad sigue casi intacto. Sin duda, una tajada importante de la misma se reducirá, incluyendo daños estructurales (destrucción de puentes, carreteras, torres de energía y oleoductos) y desastres ecológicos. Incluso los inmensos costos económicos bajarán, pues las pérdidas por apagones, petróleo derramado e infraestructura destruida también se disminuirán. O sea: si luego de la firma del proceso con las Farc perdura una secuela de bandoleros dedicada al crimen, tipo las bacrim, seguramente ésta ya no pondrá minas quiebrapatas, ni volará puentes ni torres de energía, ni asaltará poblaciones.
En suma: la suerte del proceso depende de sus expectativas. Si se cree que se acabará toda la violencia en general, será un fracaso. Pero si se espera la reducción de la violencia guerrillera, quizás sea un éxito. Lo importante es que el Gobierno le aclare al país, cuanto antes, cuáles son sus expectativas, y, como ya lo he dicho antes, ojalá éstas sean realistas.