No hay duda: el muchacho se está robando una bicicleta.
Viste una gorra de béisbol puesta al revés y está de rodillas, trajinando con una sierra, tratando de cortar la gruesa cadena de seguridad que sujeta la bicicleta a un poste de la luz. Cuando eso no funciona, toma un martillo y empieza a darle golpes duros al candado. Se quita la gorra y se pasa la mano por la frente para enjugarse el sudor, y en seguida se pone a serruchar de nuevo, sin tapujos y con empeño, decidido a llevarse el trofeo. Es un parque popular y es un bello día soleado. Los numerosos transeúntes pasan a su lado, caminando al perro, disfrutando un helado o paseando con la familia, y después de un rato la gente parece intuir que algo raro está pasando. Aunque es a plena luz del día, el joven, claramente, se está robando la bicicleta. Un hombre llega y pregunta: “Perdone la molestia, pero ¿es suya esa bicicleta”. “Aún no”, responde el muchacho con descaro. “Pero pronto lo será”. Otro se acerca y aventura: “Perdió la llave, seguro”. El joven replica: “No, en verdad no… ¿Me ayuda?”. Al cabo de una hora, pasan en total más de cien personas antes de que alguien decide llamar a la policía.
Más adelante, la que está bregando con la sierra, tratando de robarse la bicicleta, es una joven hermosa. Es rubia, y lleva una gorra similar a la del muchacho anterior. Es claro que está cometiendo un delito, pero nadie se molesta en acusarla, señalarla o llamar a la policía. Un señor, incluso, le ofrece su ayuda. Otro pregunta si la bicicleta es suya, y cuando ella dice que no, pero que está tratando de quedarse con ella, él sonríe como si fuera una broma y sigue de largo. En total, pasan docenas personas a su lado, y nadie protesta o llama a las autoridades.
Por último, un tercer muchacho procura robarse la bicicleta, y luce la misma gorra y usa la misma sierra. Pero, a diferencia de las veces anteriores, ahora no pasa un minuto antes de que alguien lo increpa. “Oiga, usted”, le dice un señor, suspicaz. “¿Es suya esa bicicleta?” “No”, contesta el joven sin pudor. “Pero pronto sí será”. “¡Eso es un delito!” vocifera el hombre, y llama a la policía desde su celular. Otro interviene. “¿Qué pasa aquí?”, pregunta con enojo. Se va formando una multitud hostil que rodea al muchacho, como para impedir que huya, y la gente le grita y lo acusa de robar.
¿Cuál es la diferencia entre estos tres casos? En realidad los supuestos ladrones son actores, contratados por la Cadena de televisión ABC para investigar prejuicios sociales. Cada uno ha seguido el guión, sin ocultar sus intenciones deshonestas. Pero la gran diferencia es que el primer joven es blanco, igual la rubia, y el tercero es negro. La conclusión es inequívoca. Si alguien está haciendo algo indebido, la actitud de la mayoría de las personas no es, de inmediato, acusatoria o sospechosa, si es blanco. Si es una bella mujer, los hombres, incluso sabiendo que está haciendo algo ilegal, parecen complacientes, comprensivos, y hasta la tratan de ayudar. Pero si es un negro, en seguida suponen que es un criminal que se está robando una bicicleta. En estos días se cumplen 50 años del famoso discurso de Martin Luther King, pero lo que este experimento revela es que los prejuicios, que alimentan el racismo, por desgracia siguen vivos.