Hace poco The Washington Post publicó la carta que un policía de tránsito le escribió a un joven que detuvo en la autopista por conducir con exceso de velocidad. Como se trata del testimonio de alguien que vive en la trinchera de esta guerra diaria, que sufre las secuelas de esa actitud temeraria que se cree invencible y, de paso, se lleva por delante a sí mismo, a su familia y a otros en accidentes atroces, me parece relevante reproducirla en su totalidad.
“Al joven de 18 años que detuve en la SR 10:
De nada. Estabas a punto de ocasionar una terrible tragedia navideña cuando te detuve. Porque, además de matarte a ti mismo, seguro ibas a matar a alguien más, alguien inocente que andaba en lo suyo y cuyo único pecado consistía en estar delante tuyo.
Me dijiste que no sabías qué tan rápido ibas. Mentiras. Quizás no lo sabes cuando conduces a 45 millas por hora en una zona de máximo 35, pero eres consciente de tu velocidad cuando corres a 100. Te das cuenta con cada bache y desnivel. Te das cuenta al pasar cada auto porque el viento desplaza el tuyo. Te das cuenta en cada curva y cuando cruzas una línea de la vía. No hay duda: te das cuenta.
Estabas asustado cuando te paré. Temblabas del miedo. Por desgracia, estabas temeroso por la razón equivocada. Debías de estar asustado no porque un policía te había pillado, sino porque estabas a punto de matarte. Te crees invencible. Y sé que ni siquiera puedes concebir tu propia muerte.
Sin embargo, te puedo contar docenas de historias de muchachos como tú, de 18 años, muertos y mutilados, que he tenido que extraer de autos destrozados. Cuerpos irreconocibles, hechos pedazos, que he sacado con trabajo luego del choque. Ellos también se creían invencibles. No lo eran. Y porque ya no están entre los vivos, se perdieron de la parte cuando yo les decía a sus padres que su hijo había fallecido. Un trozo de mi alma se esfuma cada vez que le digo a un padre que su hijo ha muerto.
Lo sé: no CONOZCO a tus padres, pero sí los conozco. Los he visto mil veces. Sé que cada mañana cuando te despides ellos te dicen: ‘Ten cuidado. Maneja con prudencia’. Sé que esas no son meras palabras. Son súplicas para que regreses ileso a casa. Y cuando escuchan mis golpes en la puerta, no es para decirle a tu madre: ‘Buenas tardes, señora. Lamento decirle que su hijo acaba de sufrir un ataque cardiaco’. Más bien es: ‘¿Podemos tomar asiento? Lo siento mucho, señora, pero su hijo sufrió un grave accidente de automóvil y está muerto’. Cuando sales de tu casa, tus padres saben bien que la mayor probabilidad de que mueras ese día es en aquel auto. A veces eres la persona inocente atropellada por alguien que no piensa en los demás, y a veces eres tú la persona que no tiene consideración alguna por los otros. Hoy fuiste de los segundos.
Seguro eres un buen chico que tomó una mala decisión. Por eso no me arrepiento de ponerte esta multa. Más bien me enorgullece. Y ojalá entiendas que no valió la pena. Espero que reduzcas tu velocidad. Y espero que cuando tu madre te diga: ‘Maneja con cuidado’, le hagas una promesa a ella, y a ti mismo, de que lo harás. Porque ojalá no me tenga que sentar un día en la cocina de tu casa, diciéndole a tu madre, mientras ella da gritos, que has muerto.
Reduce la velocidad. Por favor. No eres invencible. Te lo prometo”.