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Nunca más

25 de enero de 2019 - 12:00 a. m.

Nunca más, reitero que nunca más, y repito por tercera vez, nunca más quiero escuchar la cantaleta de los republicanos.

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La razón es simple: ellos han quemado sus discursos para siempre.

Porque lo que antes defendían con tanta solemnidad ahora lo han traicionado. Han corrompido sus principios fundamentales, las causas que escudaron durante décadas y los ideales políticos por los que lucharon sin descanso. Del pasado sólo conservan su lealtad suicida por las armas y su repudio al aborto. Todo lo demás lo han falseado, y de sus colmillos gotea la sangre de sus banderas tradicionales.

Se ufanaban de ser demócratas. Pero ahora repudian las reglas de la democracia y las instituciones que la protegen. No vacilan en atentar contra el proceso electoral, como hicieron en Georgia en las pasadas elecciones; o desconocer la voluntad del pueblo al quitarles poderes a quienes vencieron en las urnas, como hicieron en Wisconsin; o defender a un presidente que llama a los medios, el mayor contrapeso al poder, “el enemigo del pueblo”, y se pasan por el forro el derecho del presidente de turno de postular a un candidato a la Corte Suprema, como hicieron con Obama y el juez Merrick Garland.

Se ufanaban de ser defensores de la inmigración. Pero ahora toleran y hasta celebran la infamia de familias separadas en la frontera, y niños encerrados en centros de reclusión, y tropas del ejército enviadas a atajar caravanas de gente humilde que huye de la pobreza y violencia de Centroamérica.

Se ufanaban de ser defensores del comercio libre. Pero ahora apoyan a un presidente que impone aranceles sin mesura o cordura, que elimina de un plumazo acuerdos económicos, que patea tratados como Nafta y el TPP, y que rompe lazos comerciales tejidos durante siglos.

Se ufanaban de ser defensores del orden mundial que ha preservado la paz entre las potencias por más de 70 años. Pero ahora vitorean a un presidente que ofende a los aliados, que elogia a dictadores, que alaba a príncipes asesinos, que fustiga a la OTAN e insulta a la ONU.

Se ufanaban de ser cristianos, defensores de valores religiosos y del núcleo sagrado de la familia. Pero ahora aplauden a un misógino que contrata a prostitutas mientras su esposa da a luz y luego las soborna para callarlas, y defienden en masa y sin pudor a violadores y abusadores de menores.

Se ufanaban de ser juiciosos en asuntos fiscales. Pero ahora patrocinan reformas tributarias que enriquecen a los ricos y empobrecen a los pobres, y que, ante todo, explotan el déficit nacional en 1,5 trillones de dólares.

Se ufanaban de ser moralistas. Iracundos porque Obama invitaba a una figura controvertida a visitar la Casa Blanca, ahora guardan un silencio hipócrita cuando alguien de veras repudiable se instala en la Casa Blanca, y no de paso o visita sino trabajando de tiempo completo, como el racista Steve Bannon o el traidor Michael Flynn o el mismo presidente Trump.

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Lo cierto es que la farsa que los republicanos han mostrado en estos años es inadmisible y el daño que le han hecho a sus propias banderas es irreparable. Han quemado sus discursos para siempre, y lo que antes defendían con tanta superioridad ahora suena falso. Por eso resta una sola pregunta que cada republicano decente, tarde o temprano, se debe formular: ¿usted comulga con esta porquería?

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