La discusión política en los Estados Unidos está que arde.
La virulencia verbal ha escalado en los debates; atrás han quedado varios candidatos republicanos que, hasta hace poco, parecían adversarios de peso; y pronto ese partido escogerá a su líder para enfrentar a Obama en las próximas elecciones de noviembre. Sin embargo, aunque a primera vista parezca prematuro, es probable que estas elecciones ya estén definidas, y Barack Obama es el ganador.
En esta contienda electoral, como en todas, el tema de fondo será la economía, pero esta vez habrá un factor nuevo en la polémica: la desigualdad. Hacía un siglo que este tema no figuraba tanto en un debate electoral, desde los tiempos de Theodore Roosevelt y su promesa del “Square Deal”: la idea de que, durante su gobierno, todo hombre tendría derecho a una oportunidad justa para escalar, según su talento y esfuerzo, los peldaños de la economía nacional.
En ese sentido, las tesis que los republicanos han defendido desde hace cuatro años están a punto de morderles el trasero. Los conservadores se han alineado con los ricos, protegiendo sus intereses y rechazando cualquier intento de aumentarles los impuestos, cuando el código tributario es tan injusto que hasta billonarios como Warren Buffet han protestado por ello y exigido su reforma.
Desde hace años EE.UU. está polarizado, políticamente, en dos mitades: una conservadora y otra liberal. Pero hay otra polarización más importante todavía: la económica, y es la que los indignados de Wall Street han señalado: la que existe entre los ricos y los demás, o sea, entre el 1% de millonarios y el 99% del resto de la población. Quien se quede con la mayor parte de ese 99% ganará las elecciones, y ante la falta de un partido de izquierda, que suele reivindicar ese tipo de causa social, Obama recogerá sus banderas. Así lo anunció en Kansas. En EE.UU. los salarios están estancados, la desigualdad ha crecido más que en cualquier otro país industrializado y los medios para salir de la pobreza se han esfumado. En eso consistirá su campaña. En cambio, los republicanos se parecen ufanar de ser los defensores de los ricos, el grupo minoritario.
Es cierto que varios sectores están defraudados con Obama, pero es probable que él pueda recuperar su confianza y sus votos. ¿La razón? En su próximo mandato Obama se quitará los guantes. Como Clinton en su primer período, el presidente ha sido demasiado cauto y cortés, justamente por el temor de perder la reelección. Ese objetivo le restó agallas a sus actos y se dejó atropellar, varias veces, por los republicanos que se opusieron a todo sin que él protestara demasiado. Esa crítica es válida. No obstante, ahora Obama, sin la espada de la reelección sobre su cabeza, será el presidente que todos querían en el 2008: intolerante con los chantajes, audaz en sus políticas y valiente para defenderlas. Eso muchos lo saben, y por ello volverán a sus toldos.
Además, a la hora de votar, los decepcionados con Obama sólo tendrán otra opción: un ultraconservador que parece una veleta en cada tema de importancia nacional. Ante ese dilema, ¿por quién terminarán votando? Así sea a regañadientes, será por Obama.
En suma, pocas veces un desenlace electoral ha sido tan previsible. Obama ya ganó las elecciones.