“¡Lo pillé!”, exclama el piloto de guerra mientras sigue el objeto que cruza disparado sobre las olas del mar, volando en línea recta a velocidad hipersónica. El piloto americano, teniente Ryan Graves, se refiere a que ha logrado fijar el aparato en su radar infrarrojo, pues en los intentos anteriores el objeto volaba tan rápido que se salía de su pantalla tan pronto lo veía. Sin embargo, cuando lo logra fijar con el radar y filmar con la cámara, a partir de ahí lo rastrea mientras la extraña nave vuela sobre el mar, sin alterar el rumbo, durante varios minutos. El video del seguimiento y el diálogo de Graves con otros pilotos que están cerca y también lo están viendo, ocurrido en 2015, por primera vez se ha hecho público. La fuente es el Departamento de Defensa de EE. UU. y la noticia la publicó el pasado fin de semana, en primera página, el prestigioso The New York Times.
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Ahora se sabe que estos avistamientos han ocurrido con mayor frecuencia de lo que nadie se imaginaba. Y lo que dicen haber visto estos testigos desde hace años, pilotos de aviones de guerra tipo F/A-18 Super Hornets, entrenados en condiciones de combate, es asombroso. Ya no hay duda de que estos encuentros han sucedido, y aunque nadie se atreve a afirmar que las naves proceden del espacio, tampoco pueden decir con exactitud qué son. No obstante, en lo que todos están de acuerdo es que no son nuestras. De ningún país sobre la tierra.
La razón son los límites que imponen las leyes de la física. El teniente Graves dice que, a diferencia de lo que se cree, que son avistamientos excepcionales, ellos vieron estas naves “casi a diario” desde el verano del 2014 hasta marzo del 2015. Eran varios pilotos y todos volaban desde el portaaviones Theodore Roosevelt, que estaba haciendo pruebas de entrenamiento en la costa este de EE. UU. Las misteriosas naves duraban horas en el aire y los pilotos las veían hacer maniobras que ningún jet, dron o helicóptero podría ejecutar. “Mantener una nave en el aire requiere mucha energía”, explica Graves, quien presentó su testimonio ante el Pentágono y el Congreso. “Con base en la velocidad promedio de estas naves, 12 horas en el aire son 11 horas más de lo que se creía posible”. Incluso los oficiales a bordo del Roosevelt confirmaron las declaraciones de los pilotos.
Lo más extraño es que estas naves carecen de hélices, rotores, alas o un motor visible, y tampoco despiden chorros de escape ni plumas de combustible; pueden volar a cinco veces la velocidad del sonido, alcanzan alturas de más de 80.000 pies y de pronto se detienen en el aire, giran en ángulo y aceleran “como una bala disparada por un arma”. No existe una aeronave que pueda hacer todo eso. Y no sólo porque el fuselaje se destruiría al intentarlo, sino porque ningún ser humano podría soportar esos cambios tan drásticos en su organismo. “Lo que mata no es la velocidad”, explica Graves. “Es la aceleración y la repentina parada en el aire. Nadie podría sobrevivir lo que hemos visto que hacen estos objetos”.
Incluso estas naves representan un peligro real. En el 2014 una casi se estrella con un avión de guerra, y el incidente se reportó de manera oficial. En suma: ya no es cuestión de creer o no creer. Estas naves existen y estos incidentes han ocurrido. Ahora sólo falta determinar qué son.