No hace mucho, el célebre locutor de la BBC, Danny Baker, conocido en el público inglés por presentar del programa Radio 5 Live, fue despedido de la famosa empresa de comunicaciones a raíz de un tuit catastrófico: la imagen de un chimpancé, en abrigo y sombrero bombín, agarrado de la mano de un hombre y una mujer, y debajo este pie de foto: “el bebé de la realeza saliendo del hospital”. Dado que la mamá del bebé, Meghan Markle, es de madre afroamericana, lo que Baker creyó que era una broma se interpretó como un mensaje racista y por ello fue despedido en el acto.
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Mucha gente protestó. La reacción de la BBC fue excesiva, dijeron. Exagerada. A fin de cuentas era un error inocente y todos los hemos cometido.
No es cierto. Porque hay embarradas de embarradas. Cualquiera puede cometer un desliz sin consecuencias, pero hay metidas de pata tan graves que no sólo llevan a perder el puesto, sino a poner en duda la posibilidad de volver a hablar en público. La BBC hizo bien en despedir a Baker, pues cualquier periodista con su trayectoria y olfato de los temas de actualidad tenía que saber que, en el contexto actual, la foto de un simio tendría resonancias racistas. Y decir que era un chiste no es una disculpa válida ni admisible.
Más aún, a veces pienso que hay afirmaciones tan aberrantes y erradas que muchas deberían de tener costos mayores. Porque la libertad de expresión es un derecho, claro, pero también es un privilegio y por lo tanto implica responsabilidades. Y quienes lo practican a diario, los periodistas o locutores que se dirigen al público en programas de radio o televisión, saben que su palabra y conducta tienen influencia y repercusión, y por ello deben cuidar ese privilegio como un tesoro. Porque con el despido la BBC no le estaba diciendo a Baker que no podía volver a hablar al aire. Le estaba diciendo que no lo podía hacer usando sus micrófonos, dado que el locutor había cruzado una línea de la cual no hay retorno. Por más que se disculpe.
Sin embargo, muchos otros han cruzado esa línea sin costos comparables. Como cuando el cantante Kanye West declaró que la esclavitud había sido una elección. Que cualquiera diga semejante barbaridad es inaceptable. Pero que la diga un afroamericano, pasando por encima de toda la historia de abusos y tormentos que sufrieron sus propios antepasados, es una infamia tan colosal que después sorprende que él siga hablando en público. O cuando Trump dijo que los mejicanos son criminales y violadores. O cuando Uribe llamó sicario a Gustavo Petro en plena sesión del Senado. O cuando María Fernanda Cabal se alegró con la muerte de García Márquez porque el autor más importante de nuestra historia se merecía estar el infierno junto con Fidel Castro.
Lo insólito es que mientras Baker fue despedido de la BBC, West sigue diciendo tonterías cada vez que puede, Trump es presidente de EE. UU., Uribe sigue de senador de la República y la Cabal sigue en el Congreso, todavía metiendo la pata; su última, casi nada, con The New York Times. Y aunque todas estas personas jamás perderán el derecho de hablar en público, porque en una democracia éste es sagrado, es lamentable que a menudo utilicen ese derecho como un garrote para sembrar odio y violencia, y olviden que ante todo gozan de un privilegio. Con responsabilidades.