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¡Pilas, Italia!

29 de octubre de 2009 - 11:23 p. m.

POCOS PAÍSES EN EL MUNDO OSTENtan un patrimonio cultural como el de Italia. La abrumadora riqueza de obras de arte que se admira en capillas, museos, puentes, parques, calles, casas privadas y paseos peatonales, quita el aliento.

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Sin embargo, las autoridades no cuidan esa fortuna con la sensatez necesaria, y si hay algún lugar que lo demuestra, es la incomparable ciudad de Venecia.

El caudal de tesoros que abunda allí es inestimable. Aun así, hoy existen tres razones para el desencanto. El primero es el puente de 94 metros de Santiago Calatrava que se extiende sobre el Gran Canal. En efecto, tan pronto se avista aquel esperpento sobre las aguas opacas que serpentean entre palacios centenarios, el visitante queda mudo. Porque lo grave no es sólo que se presupuestó en 7,2 millones de euros y costó 11,2 millones; ni que se fijó un año para su construcción y tardó seis; y tampoco que es una estructura insegura que debe ser vigilada sin cesar, como señala el informe del organismo italiano que supervisa estas obras públicas. Lo peor es desde el punto de vista estético, porque se trata de una estructura de vidrio de estilo minimalista que rechina en esa atmósfera que se ha mantenido intacta a lo largo de los siglos. Si hubieran contratado a un grupo de artesanos para diseñar el puente, habrían producido un resultado más acorde con el espíritu veneciano que esta atrocidad moderna.

En segundo lugar, las obras de restauración que se realizan en estas fechas se hacen sin cuidar el arte que se debería tratar con pinzas de oro. Al ingresar en el Museo de la Academia, en donde reposan las pinturas de Bellini, Veronese, Giorgione, Tiziano y tantos otros maestros del Renacimiento, se encuentran ventanas abiertas tapadas a medias por plásticos sucios, mientras los obreros entran y salen cargando baldes de escombros. El polvo circula en el aire y aterriza en cuadros y retablos, y es increíble que no se haya perdido más de una joya en alguna carretilla. El Ayuntamiento debería cuidar estos tesoros para futuras generaciones, y aunque no soy un experto en la materia, aventuro una tesis audaz: no debe ser lo mejor para una obra frágil y antigua el estar expuesta a los elementos, vulnerable a los cambios del clima y a la mugre de una construcción.

Sin embargo, lo peor en Venecia es la publicidad. Al contemplar el Palacio de los Dogos y el famoso Puente de los Suspiros, ni la fachada del palacio ni la estructura del puente se ven, porque están cubiertos por vallas inmensas de ropa femenina. La imagen es insólita. Claro, se dice que la reconstrucción de estas obras cuesta mucho dinero, y como el Gobierno carece de los recursos necesarios, la propaganda ayuda a costearlas. Pero después de la reciente crisis económica mundial, en donde vimos que aparecían millones de euros para rescatar a los bancos europeos de las alegres maniobras de sus ejecutivos ineptos, yo, al menos, no me trago esa tesis. Dinero hay; lo que pasa es que se esfuma o está mal invertido. Y el resultado es que hoy, en vez de admirar el magnífico arte del siglo XIV, se ve una mujer colosal anunciando una cartera de moda. Sería bueno, para bien de todos, que las autoridades italianas pusieran su casa en orden. Y de paso sus prioridades.

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