El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Por qué Trump es bueno

23 de agosto de 2019 - 12:00 a. m.

No, no he perdido el juicio. Y tampoco creo que el presidente de EE. UU. tenga nada de bueno, sino que su gobierno ha tenido un efecto positivo que nadie sospechó. Y es que Trump ha servido para desenmascarar la realidad del país.

PUBLICIDAD

Lo cierto es que, a pesar de todos los problemas que ha tenido EE. UU. desde los años 60, muchos creíamos que la nación había avanzado en la dirección correcta. O, al menos, que el rumbo era acertado, con una tendencia dirigida hacia el progreso y la justicia social, y, más que nada, a la igualdad racial. Por eso mucha gente llegó a creer que era posible elegir a un afroamericano como presidente; a ese nivel de respeto y tolerancia había llegado el país. Y cuando Barack Obama efectivamente ganó las elecciones en el 2009, ese triunfo nos llevó a creer que los capítulos más siniestros del racismo y de la intolerancia en EE. UU. eran cosa del pasado.

Por esa razón, cuando comenzó la campaña electoral del 2016, y Trump empezó a derrotar a los demás candidatos republicanos, muchos creyeron que el tipo de racismo que él encarnaba, abierto y frontal y violento, no llegaría siquiera al 1 % del electorado. Y por eso este mandatario ha tenido un efecto brutal pero saludable, porque ha desnudado la verdad del país y nos ha permitido entrever lo mucho que falta para alcanzar el nivel de justicia social que creíamos que ya existía. Sin duda, con Trump hemos entendido que nos habíamos engañado.

Sin embargo, este presidente no sólo ha servido para evidenciar el racismo de gran parte del país. También ha servido para quitar el antifaz del Partido Republicano. Porque ahora sabemos lo que esa colectivad está dispuesta a hacer con tal de conservar el poder: el nivel de racismo que puede llegar a defender; el grado de misoginia que puede aceptar; la capacidad de traicionar, incluso, sus propias banderas de toda la vida, como la defensa de la inmigración y la confianza en mercados libres y globales. Gracias a Trump, ahora sabemos que el Partido Republicano es el verdadero enemigo del pueblo.

A este partido, lo ha demostrado, le tienen sin cuidado las masacres cotidianas y le importa un rábano el déficit fiscal que tanto le alarmaba en el gobierno de Obama. Se decía ser el defensor de la familia, pero ahora está dispuesto a destruir familias y a enjaular niños indefensos. Se decía ser el defensor de la verdad, a tal punto que uno de los suyos le lanzó a Obama, en pleno discurso nacional, un gritó de hampón: ¡Usted miente! Pero ahora acepta que este presidente diga unas 12 mentiras diarias y apenas bosteza. Está borrando regulaciones para reducir la polución de fábricas y autos, y el futuro mismo del planeta le importa un carajo. Este partido se ha quitado la máscara para mostrar su esencia. Y esa esencia es, en efecto, deplorable.

No es posible combatir a un enemigo sin saber a ciencia cierta su tamaño y capacidad ofensiva. Y quienes soñamos con un mundo de respeto y tolerancia a lo diverso debemos aceptar que falta mucho por alcanzar esas metas perentorias. Gracias a Trump y su base y su partido nos hemos despertado, y ahora sabemos que esos brillantes oasis de igualdad y respeto que destellaban en el horizonte no eran más que espejismos. Pero bueno, al menos ya lo sabemos. Y ahora comienza lo más duro, que es empezar, otra vez, casi de cero.

Conoce más
Ver todas las noticias