No nos engañemos: una de las mayores trabas al progreso de las ideas es la ideología que tiraniza a ciertos grupos políticos y sociales.
En EE. UU. esto es claro en el Partido Republicano, y en Colombia en el uribismo. Se trata de una mentalidad inflexible, impuesta desde arriba, y quien cuestione sus principios es castigado con el exilio. Hace mucho frío cuando se camina solo y lejos del rebaño, y de ahí la obediencia a ciegas.
La ideología actual del Partido Republicano ha evolucionado a lo largo de los años y se ha nutrido de diferentes pensadores, académicos, políticos y analistas. Sin embargo, en el último tiempo un pequeño grupo de líderes de extrema derecha, muchos de ellos ricos e influyentes, ha intervenido más que cualquier otro en moldear el pensamiento nuevo y dominante. ¿Qué hay de malo en esto? El peso excesivo de una minoría en una democracia, la desproporción de fuerzas, influencia e injerencia en la agenda nacional y en la toma de decisiones. Y el político que se aparte del grupo o cuestione sus credos, padece la expulsión, la excomunión y hasta la muerte política, porque lo que arriesga es nada menos que la financiación de sus campañas.
En ese partido, las ideas que se han vuelto preceptos intocables son, entre otras, que el calentamiento global es una mentira y una trampa liberal; que el aborto es inadmisible incluso en casos de incesto o violación; que la ayuda estatal a los pobres desestimula el trabajo y reduce el desarrollo; que los impuestos a los ricos impiden que la economía prospere; que la regulación afecta los mercados financieros; que el derecho a las armas es sagrado; que el Estado debe ser pequeño; y que la teoría de la evolución de Darwin es una patraña y que el planeta sólo existe hace 6.000 años. Para muchos esas tesis riñen con el sentido común, la compasión y hasta la ciencia, y por eso varios se han dejado sedudir por el nefasto canto de sirenas de Donald Trump.
En Colombia sucede lo mismo con el uribismo. Quien aspire a triunfar en esa colectividad, visto como un soldado fiel al expresidente y leal a su filosofía, debe acatar las tesis que se han vuelto obligatorias del credo uribista. Es decir, que todo lo que hace este Gobierno es malo y que Santos es un traidor; que las relaciones internacionales se deben manejar con machismo y virulencia; que cualquier acuerdo con un país vecino es una capitulación moral; que la guerrilla sólo se puede combatir militarmente; que los miembros cuestionados del gobierno Uribe son todos perseguidos políticos; y que los diálogos en Cuba son una treta del castrochavismo y un triunfo de las Farc por las concesiones que han obtenido y las nulas que ha conseguido el Gobierno. Uribista que se respete tiene que aceptar estas ideas, renunciando a su espíritu crítico, y si alguien las cuestiona es expulsado del grupo y acusado de traidor a la causa. O sea: la excomunión.
Quien define una doctrina siempre tiene intereses personales de por medio, y los seguidores de la misma a menudo no se percatan de que sólo están siendo utilizados para defender esos intereses. Sólo les importa la palmadita en la cabeza y la voz que dice “Buen chico”, pendientes del premio por ser tan leales a su amo. Y ni siquiera importa si ese mismo amo los conduce, felices y batiendo la cola, al abismo.