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“Sidi”

29 de noviembre de 2019 - 12:00 a. m.

Arturo Pérez-Reverte es un hombre valiente. Y no sólo por haber sido reportero de guerra durante 21 años, metiendo las narices en los conflictos más peligrosos de su tiempo para mantener al público al día, sino por su postura como narrador. Porque se requiere mucho valor para tratar temas tan delicados y candentes, corriendo el riesgo de ser acusado de una de las peores imputaciones de nuestra era, la de ser políticamente incorrecto. Pero este maestro lo hace de frente y en este caso es aún más admirable, porque aquí se ha metido con un tema sagrado en su tierra: el Cid Campeador.

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Tocar una figura tan popular y amada por su pueblo exige coraje. Y esta es una por la cual se profesa reverencia patriótica, que además cuenta con una tradición literaria de siglos. Eso significa que el público no se acerca a la lectura de manera desprevenida, sino con la guardia en alto, con ideas y posiciones a favor o en contra. Para un narrador eso es un campo minado. Y aquí vemos a la figura histórica de Sidi, como le decían los árabes a Rodrigo Díaz de Vivar, matando moros o aliándose con ellos para matar cristianos, y eso, hoy en día, es de una audacia asombrosa.

Pérez-Reverte es uno de los mayores narradores de nuestra lengua y esta novela es excepcional. Es un tratado sobre el liderazgo, el talento de un hombre para llevar a otros a seguirlo en empeños peligrosos y hasta suicidas, y está narrada con la destreza y el arte de un maestro de los clásicos. Vemos al héroe en esa tierra de nadie que es la frontera del Duero en el siglo XI, intentando sobrevivir con toda la crudeza de la época, buscando botín, quemando poblaciones y degollando enemigos, sin adornos falsos, y más que verlo lo acompañamos en sus batallas, sintiendo todo el polvo, la sangre, el sudor, la lluvia, el miedo y la gloria. Por eso esta es menos una lectura que una vivencia. Y es inolvidable.

El autor reconoce de entrada que hay muchas versiones del Cid, y esta, afirma, es sólo la suya. Así, no trata de negar las anteriores, sino de ofrecer la propia, de manera honesta y conmovedora. Hay pasajes que lo llevan a uno a comerse las uñas de la tensión, a soltar un sollozo de emoción y a limpiarse las lágrimas de la ternura o de la admiración. Y al final uno siente que ha visto, olido, tocado y vivido una experiencia veraz y hechizante.

Cuando García Márquez publicó El general en su laberinto, la crítica lo acusó de invertir la alquimia del coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad, convirtiendo una figura común en una leyenda, mientras que en el caso de Bolívar él había convertido a una leyenda en una figura común. Nunca compartí esa tesis, porque esa novela me parece una pieza magistral. El hecho es que aquí Pérez-Reverte, enfrentado también a una figura real y legendaria, sortea ese riesgo mostrando la dimensión humana de Ruy Díaz y, poco a poco, nos muestra cómo se forja y crece la leyenda. Pero sin perder de vista que es un soldado de carne y hueso, con miedos, dudas (“Soy un cobarde”, afirma), amores y deseo carnales, que es capaz de estar a la altura de los hechos, a pesar de los peligros, e incluso de ser más grande que ellos. Es sólo un hombre. Pero un gran hombre. Y nunca lo habíamos visto con tanta claridad y con tanto peso terrenal. Gracias, maestro, por otra novela ejemplar.

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