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Una defensa (tardía) de la Navidad

26 de diciembre de 2008 - 07:32 p. m.

JEFFREY SACHS ES UNO DE LOS ECOnomistas más importantes del mundo.

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Desde hace años él está dedicado a descifrar los grandes problemas de la humanidad, y sus esfuerzos por erradicar el hambre y los males del continente africano son heroicos. Sus iniciativas para corregir los errores de los políticos, atajar la apremiante crisis ambiental, enderezar las injusticias sociales y reducir los efectos negativos de la globalización para que el mundo sea más justo, más limpio y más feliz, son brillantes. De manera significativa, una de sus propuestas centrales para lograr ese sueño increíble, es que la gente deje de lado sus diferencias individuales (diferencias por las que se mata pero que son, a la larga, insignificantes), y renuncie al cinismo que nos ha convertido en seres escépticos.

Sachs tiene razón, y si algo refleja la verdad de este economista es lo que se ha vuelto la Navidad para tantas personas.

Me llama la atención la cantidad de artículos que salieron antes del 24 de diciembre criticando las fiestas. Parece ser la posición políticamente correcta de quienes se consideran intelectualmente superiores de fustigar la Navidad y sus excesos. Sus argumentos son los de siempre. Que la Navidad es una trampa del capitalismo. Una treta para que los dueños de las empresas hagan fortunas; un negocio gigantesco motivado por la codicia y, peor aún, una práctica inmoral que se aprovecha de la ingenuidad de los niños. Además, protestan contra las secuelas de la temporada: la histeria colectiva, la pesadilla del tráfico, el gentío en los almacenes y la angustia de las últimas compras apresuradas.

Quizás todo eso sea cierto y no se discute. Pero ésa es sólo una parte de la temporada. Hay otra que es, sigue siendo y siempre será, mágica. Y esa justifica los pisotones, los empujones, los afanes, los nervios por la falta de dinero y hasta el tráfico infernal. Esa dimensión mágica, si dejamos de lado el cinismo que critica Sachs, es extraordinaria.

Una vez alguien me dijo que a los niños hay que fomentarles la imaginación, porque les servirá de manera decisiva en cualquier cosa que después hagan en la vida. Y la Navidad es el mejor momento para hacerlo. Conozco gente que piensa lo contrario y dice que la fantasía es un engaño, que lo importante es que los chicos sean realistas para luego no sufrir un desengaño. Discrepo. Yo pienso que la vida es tan dura que ella sola se encargará, con el paso del tiempo, de mostrar los dientes que brillan tras las sonrisas, y le revelará a todos, tarde o temprano, las durezas de la realidad cotidiana. Por eso, mientras se puede, ojalá existan unos años de sueños imposibles e imaginación desbordada. Y el desencanto que algún día sentirán los niños cuando descubran la verdad, y vean los hilos que mueven las marionetas y los mecanismos que hacen que los héroes derroten a los malos, no me parece negativo sino formativo, pues hará parte de su proceso de maduración y crecimiento. Por ejemplo, yo quisiera que mis hijas creyeran en el Niño Dios para siempre, y es triste saber, por el contrario, que sólo hay 8 o 9 oportunidades, en toda su vida, para que crean en las hermosas historias de la Navidad. Por eso, mientras yo les pueda ver los ojos llenos de asombro ante la llegada de Papá Noel, y sus preguntas reflejen una inocencia pura y frágil y efímera, me siento feliz. Ahora, sé que esto le parecerá ridículo a mucha gente, y algunos colegas se reirán a carcajadas y se mofarán de la falta de pudor al poner estas cosas por escrito. Y ahí es cuando me acordaré del cinismo que Jeffrey Sachs señala como el peor mal del mundo moderno.

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