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Carreño digital

29 de septiembre de 2013 - 06:00 p. m.

Según artículo publicado en este diario la semana pasada, se estima que en el año 2015 el 38% de la población mundial trabajará desde su hogar o desde cualquier sitio diferente a la sede de la empresa.

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El teletrabajo tiene infinitas ventajas, como la posibilidad de adecuar la productividad a las necesidades personales y atenuar el martirio de la movilidad.

En el mismo artículo se cita a un experto que afirma que “el empleado colombiano promedio trabaja casi la mitad del tiempo, pues la otra se le va en ir al baño, fumarse un cigarrillo, hablar con el compañero, hacer llamadas personales, tomarse un tintico”. Estos hábitos necesariamente tendrán que cambiar para hacer posible el teletrabajo.

Los colombianos tienen mucho que aprender de la disciplina con la que se trabaja en los países desarrollados en donde, gracias a ello, es posible ganar el doble trabajando la mitad del tiempo.

Además de la inveterada indisciplina del trabajador colombiano, existen peores amenazas para llegar al mundo feliz del teletrabajo: el asedio de internet, el chat, las redes sociales, la llamada móvil impertinente o indeseada, y tantas otras prácticas que atentan contra el sagrado derecho a estar concentrados en lo nuestro. En el mundo digital es aún más notoria y nociva la falta de modales, tan característica de los últimos tiempos.

Este año se publicó una magnifica reedición del Manual de urbanidad y buenas maneras del venezolano Manuel Antonio Carreño. Esta obra, editada originalmente en París en 1853, fue por lo menos durante un siglo un referente del buen comportamiento social en los países de habla hispana. Hoy en día su lectura resulta ser una dicha por su valor histórico y costumbrista. Además, no sería mala idea intentar actualizar a los tiempos modernos muchas de sus máximas, que, incluso en su forma original, todavía deberían ser observadas.

Ojalá se impusiera en las redes sociales la sanción de suprimir masivamente en Twitter a los dementes iluminados; sería la única manera de callarlos y evitar que la bajeza ilustrada —disfrazada de agudeza intelectual— capte la atención de los medios tradicionales, que lamentablemente amplifican y vuelven personajes a quienes en la era de papel habrían sido simples bufones.

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