La ley aprobada el pasado viernes, que distribuye las competencias que ejercía la Comisión Nacional de Televisión (CNTV), no cambia casi nada de fondo.
Ante el afán de deshacerse de la CNTV, se dejó para después la definición de la política de televisión.
Por lo pronto, el objetivo se logró: crear la nueva entidad de control y regulación, que ahora se llamará Autoridad Nacional de Televisión (ANTV), conformada por un órgano —Junta Nacional de Televisión— de cinco miembros, así: el ministro de las TIC, un representante del presidente, uno de los gobernadores, otro de las universidades y otro de la sociedad civil. Variopinta y caprichosa conformación que no obedece a ninguna razón y puede propiciar que se repitan muchos de los vicios que se quisieron corregir.
Una de las cuestiones más debatidas en el trámite de la ley fue la composición de esa junta y la injerencia que en ella podría llegar a tener el Gobierno. Discusión vana e inútil. Antes de la reforma constitucional que desapareció a la CNTV, todos los gobiernos ejercieron un poder decisivo en la televisión, aunque se negaran a reconocerlo y lograran evadir el costo de hacerlo.
Al tratar de hacer órganos seudodemocráticos, lo que acaba sucediendo es que se diluye la responsabilidad jurídica y política de los gobernantes. Asuntos trascendentales como la defensa nacional, las relaciones internacionales y el cuidado de los recursos captados del público, están a cargo del presidente de la República y a nadie se le ocurriría colegiarlos.
Lo decisivo es que los miembros de la autoridad de televisión se dediquen juiciosamente a cumplir su labor y tengan la pulcritud y honestidad mental necesarias para resolver tantos entuertos. Las reglas para acceder al servicio carecen de seguridad jurídica y son asimétricas.
El régimen sancionatorio se aplica de manera selectiva. El negocio de la televisión no puede seguir siendo la vaca lechera de la cual unos funcionarios iluminados extraen la mayor cantidad posible de recursos para producir a costos infinitos una televisión pública que casi nadie ve.
La tarea del nuevo ente es bastante compleja, no sólo por el lastre del pasado, sino porque, además, se creó un caos normativo que pronto necesitará… otra ley.