El año pasado, durante casi dos meses colapsó la Rama Judicial debido a un paro que se resolvió con plata y sin ninguna solución estructural.
Según lo informó este diario la semana anterior, el cese del paro se fondeó con recursos del Consejo Superior de la Judicatura (CSJ) que el Gobierno se comprometió a devolver este año, lo cual aún no ha sucedido. No hay que sorprenderse entonces si en unos días estalla otro paro judicial.
Por lo pronto, como consecuencia de ese incumplimiento, el CSJ decidió hace pocos días reducir el presupuesto de los juzgados de descongestión, lo cual aumentará aún más los índices que sitúan a Colombia en los peores lugares a nivel mundial, en cuanto a celeridad y eficiencia de la justicia.
En todo caso, la descongestión como política de administración de justicia es el peor remedio y un irrespeto inadmisible con los usuarios y los jueces mismos. Abruptamente los expedientes se sacan de su sede original y se arruman en cualquier parte, a donde hay que ir a buscarlos para rogar justicia. A los jueces se les imponen metas de productividad —deben aumentarla en un 25%— como si estuvieran horneando pan o fabricando vestidos. Es infame obligar a un juez a fallar en esas circunstancias.
En una sociedad civilizada, la figura del juez es la garantía de la convivencia, porque es él “quien le da a cada uno lo que le corresponde”, que es la razón de la justicia. En Colombia desde todas las orillas —pasando por las Farc y el procurador— se ataca sin miramientos a quienes ejercen la magistratura. Así se erosiona aún más la credibilidad en un estamento esencial para la democracia.
A mediados del siglo pasado el jurista florentino Piero Calamandrei escribió un clásico del derecho, Elogio de los jueces. Allí se lee: “…el elogio va dirigido a la condición humana del magistrado italiano: a esta orden de ascetas civiles, condenados, en una sociedad cada vez más displicente con los valores morales, al aislamiento… y sin embargo capaces de permanecer con dignidad y discreción en su puesto aún en tiempos de cataclismo general…”. Un arquetipo al que nunca debimos renunciar.