El 2 de abril de 1982 la marina argentina se tomó Puerto Stanley, capital de las islas Malvinas. Pocos creían que Inglaterra lanzara una ofensiva militar para recuperar la posesión; se tendrían que atravesar más de diez mil kilómetros. Pero sucedió.
No hubo tiempo de desplegar cámaras y reporteros, como en Vietnam. A diferencia de la guerra de Kuwait diez años después, la guerra de las Malvinas no se transmitió por televisión. CNN estaba recién fundada y tenía un cubrimiento bastante limitado. La mayoría de los informes acerca de lo que sucedía en el conflicto se recibían a través del servicio radial de la BCC que, de manera sobria y neutral, daba cuenta de cómo las fuerzas argentinas eran arrasadas por los ingleses. En cambio, muchos medios argentinos anunciaban que iban ganando la guerra. La verdad es que los pibes estaban siendo masacrados por los gurkhas, el regimiento nepalés del ejército británico, al que se le acusó entonces de actos de crueldad como mutilar los cadáveres de sus enemigos. El mundo se enteró tarde.
La junta militar que gobernaba en Argentina, después del mundial de fútbol de 1978, se iba quedando sin oxígeno y se inventó esa guerra que, de paso, también le sirvió al gobierno inglés. Margaret Thatcher atravesaba un momento difícil debido a los recortes de subsidios, cierres de fábricas y minas y la privatización de muchos servicios públicos. Las Malvinas es un ejemplo de cómo los conflictos internos o externos pueden ser manipulados para que, por miedo o falso patriotismo, el pueblo apoye a sus gobernantes.
La semana pasada, a propósito de unas exploraciones petrolíferas de empresas británicas en esas islas, el gobierno argentino revivió el tema de su soberanía perdida e impuso una especie de bloqueo en la ruta marítima circundante. Ojalá que este suceso no cause ni siquiera una escaramuza entre los dos países. Sería poco probable; con una aprobación de apenas el 20%, la señora de Kirchner no tendría el aliento de exacerbar el nacionalismo. Además, hoy no se podría ocultar que los chocolates que se recolectaban en las escuelas argentinas para enviarlos a los muchachos en la guerra nunca llegaron a su destino.