Hace un año , tres especialistas en temas de Rusia discutían en un panel durante el Foro Económico Mundial de Davos sobre los principales problemas que habían hecho desacelerar la economía de esta potencia y por ende reducir su aporte como país BRIC (Brasil, Rusia, India, China) al crecimiento global.
Más de dos mil personas los escuchaban en el salón de plenarias. Sus conclusiones fueron simples y categóricas:
En una de las naciones productoras más importantes del mundo de petróleo y de gas (tal vez la primera) la corrupción y la falta de institucionalidad eran sin duda las principales razones de su desaceleración.
En ese momento cada asistente recibió un comando electrónico para votar por lo que consideraba el principal flagelo de la situación rusa.
En la pantalla gigante del escenario apareció el resultado final: 85% de los asistentes creían que la corrupción era la gran culpable. Y así la palabra corrupción quedó vislumbrada de lado a lado de la pantalla.
En ese preciso momento le dieron la entrada a Dimitry Medvedev, Primer Ministro ruso, quien subió al escenario para hacer su presentación durante casi 45 minutos con la palabra corrupción escrita a sus espaldas.
Era una situación totalmente surrealista. El primer ministro ruso hablaba de eficiencias en su gobierno y atrás al fondo compartía su discurso con la palabra corrupción.
Me atrevería a decir que fue uno de los instantes más recordados de todo el evento y tal vez uno de los más vigentes, actuales y cotidianos en otras geografías más cercanas.
Corrupción, falta de institucionalidad y exceso de ingreso de dinero por producción minera. Este trío de variables nos pone a pensar que las coincidencias sí existen, que a veces estamos tan lejos pero tan cerca, o tan cerca pero tan lejos, y que en este mundo nos podemos llegar a parecer más de lo que nos imaginamos.