Todos hemos creído alguna vez que somos indispensables, pero la verdad es que nadie lo es. La historia sigue sin nosotros, las empresas siguen sin nosotros, nuestra profesión sigue sin nosotros, la vida sigue sin nosotros.
Aunque a veces sentir que lo que hacemos es vital nos llena de compromiso y de responsabilidad, nunca debemos perder la dimensión de las cosas.
En publicidad y con las marcas sucede igual. Podemos crear un gran éxito comercial, un posicionamiento inolvidable, un fenómeno social inigualable, una recordación jamás antes vista, pero tarde o temprano nos daremos cuenta de que la vida sigue andando.
La semana pasada estaba en Berlín en una reunión y salimos a comer con un directivo de una empresa alemana reconocida a nivel mundial.
La cena transcurría entre comentarios, ideas, anécdotas, planes de negocio, hasta que nos sirvieron el plato fuerte, un cordero en salsa de vino, el cual produjo una pausa en la conversación.
Ya comiendo, de repente el cliente se llevó la mano al cuello, su cara empezó a tener una tonalidad más roja de lo normal e hizo un sonido como de ahogo mientras me miraba a los ojos de manera desbordada.
Yo seguí los modales del manual de Carreño y le di unas palmadas en la espalda, las cuales no surtieron ningún efecto.
En ese momento se llevó las dos manos al cuello y empezó a generar unos ruidos desesperados de ahogamiento.
Sus ojos estaban aún más salidos y su cara casi por explotar. Este hombre se había atragantado y no podía respirar. Se retorcía, literalmente estaba muriéndose de asfixia al lado mío. La gente en el restaurante paralizada empezaba a gritar y a pedir un médico de emergencia.
Inmediatamente fluyó una fuerza desconocida que me hizo tomarlo y ponerlo boca abajo contra la mesa. Empecé a pegarle puños en la espalda, cada vez más duro y más duro, pero el hombre no reaccionaba, se moría y la angustia se incrementaba.
Volví a golpearlo desesperadamente con toda mi fuerza de manera salvaje una y otra vez, hasta que escupió un gran pedazo de carne. El cliente, el restaurante y yo, todos volvimos a respirar.
La situación se calmó y él se estabilizó. Nos despedimos y nos dimos un abrazo de agradecimiento eterno.
Durante muchos años me he dedicado a desarrollar campañas de publicidad, unas mejores, otras peores, pero ninguna me había hecho sentir lo que viví esa noche.
Entendí que sin saberlo, sin esperarlo y sin quererlo, había salvado una vida y que entre menos buscamos ser indispensables, más nos acercamos a serlo.
@juancarlosortiz