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Anarquía en blanco

16 de mayo de 2014 - 11:00 p. m.

Es natural, entre la decadencia del mundillo político que publicita sus hechos más entre destituciones por cohecho y corrupción que por contratos honorables, que la opinión nacional esté empezando a inclinarse por la decepción rotunda, y quiera demostrar su asco en la avalancha rebelde y simbólica del voto en blanco.

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La campaña, colérica y efervescente, reproducida también en la virtualidad por una juventud que no ha absorbido más que podredumbres desatadas desde el proceso 8.000 hasta la rémora monárquica de Ordoñez y sus cuotas burocráticas aseguradas por el aval intimidado de la presidencia, sigue en fervor creciente.

Se sienten muchos, incluso, impulsados por el auspicio y la recomendación de figuras mediáticas: El rebelde ya sin causa y caricaturesco Fernando Vallejo, que alguna vez escribió páginas magistrales con ironía de clase y estilo contenido sobre el horror de esta historia, y hasta hace muy poco era considerado la conciencia crítica del país, ha decaído también en el patetismo y en el nihilismo absolutorio de dispararle a todo y a nadie, desacreditando de un tajo toda opción o vertiente en una rebeldía de circo, de la que nada ni nadie se salva de su pose de furia. Su discurso anárquico ha calado muy bien en los resentimientos de las generaciones sin ánimos para el ejercicio crítico de un voto, y los empieza a convencer de la efectividad de una votación en blanco para instaurar al fin la rebelión contra la oscuridad política.

La rebelión suena muy bien, resulta excitante y sustentada con creces por una realidad flagrante de descaros, pero es simbólica, superficial y poco o nada efectiva contra los movimientos de un sistema que no puede congelarse en la ausencia de los dirigentes o en el receso de las estructuras por la sencilla razón de que la realidad es inherente a la política desde los mismos días en que el hombre se entendió como sujeto social y fomentó un estado para controlar sus garras y su instinto. Otra cuestión es que la realidad en Colombia esté asfixiada por el canibalismo y la perfidia. Todo se decide, se promueve o se desprende de un núcleo político, incluso desde el anarquismo; esa utopía que pretende el sustento de una sociedad sin ley ni autoridad. Pongámonos serios. Colombia es un país infantil y salvaje aun para aspirar a esa estratosfera de civilización. No tiene la estructura ética ni la conciencia colectiva para comportarse.

El voto en blanco, en caso de imponerse, obligaría a una repetición absurda de elecciones sobre los rostros renovados de las mismas castas, y otro billón de pesos para logística y para impresión de tarjetones. Billón que pagará el mismo país desfalcado por la inconciencia de los sátrapas de siempre y por la dejadez y la desida del setenta por ciento de los electores que no pueden o no saben votar porque no quieren leer, en la pereza mental de la cultura, las propuestas en cuestión, y nunca han leído las noticias básicas para entender quién es quién en el país de mierda que detestan.

@Juandavidochoa1

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