Cada vez que se cumple un año más en la penosa impunidad de un magnicidio en Colombia, la Fiscalía todopoderosa de la nación publica una nueva esperanza entre sus coartadas eternas, justo en sus aniversarios.
Una estrategia publicitaria de imagen, tal vez, para impedir que el lodazal siempre creciente de la desazón general termine por volverse de repente efectivo en su crudeza, y suceda de pronto lo inconcebible, aunque lo inconcebible pareciera ser una palabra también naturalizada en un país que sigue sosteniendo a mucha honra la estadística judicial de un 90 por ciento de ineficacia entre sus casos célebres, y una comisión de acusaciones orquestada para burlarse en la cara de quienes siguen creyendo en los procesos duros.
Se cumplen 16 años del crimen todavía impune de Jaime Garzón, una indignación ya exhausta, y como suele hacerse entre los ya conocidos métodos publicitarios de gestión comprometida, la Fiscalía ha hecho su ritual anual aprovechando el contexto para ventilar “avances”. Han hecho el mismo espectáculo desde el principio. Lo hacían en los años oscuros junto a la impudicia del DAS, cuando días después del asesinato capturaron en un operativo relámpago a Juan Pablo Ortiz, alias Bochas, y a Edilberto Antonio Sierra, Alias Toño, exhibidos bajo todo el bombo como autores materiales del crimen, y absueltos después sin ruido y con los reflectores apagados al conocerse la falsedad de los testigos y la precariedad insultante de las pruebas.
Lo hicieron después, también, al acusar al ya obvio y muerto Carlos Castaño, como si fuera una novedad y una revelación de los progresos de la inteligencia nacional, y al implicar progresivamente sin que hasta hoy haya una acusación formal a quienes ya estaban hundidos por otros crímenes insostenibles y a los que no les quedaba más que el abismo, José Miguel Narváez: el anfitrión oficial del paramilitarismo en la casa de la seguridad nacional, y el coronel retirado Jorge Eliecer Plazas Acevedo, condenado anteriormente a 40 años por el secuestro y crimen del empresario Israelí Benjamín Khoudari y por la célebre masacre de Mapiripán.
Esta semana, en el aniversario 16 de la muerte de Garzón, la Fiscalía hace una nueva aparición mediática para calmar las ansias y los desconciertos, y reproduce “novedosas” declaraciones de Don Berna para que todos entiendan que la investigación y los progresos existen. Pero dice otra obviedad entre la ya obvia criminalidad de los presos y los enlodados: que los cerebros del crimen fueron altos mandos militares, increíble, y que fueron los predecibles Mauricio Santoyo, condenado por narcotráfico y por todo lo demás, y Rito Alejo del Río, el pacificador, que no tenía nunca otra opción que una bala para despejar las dudas. Esas son todas las sorpresas anuales cada vez que la memoria quiere indignarse, y ese es el parte que la Fiscalía entrega con honor mientras llega otro año de posibles revelaciones contundentes.
Posdata: el asesinato del exdirector de La Patria, Orlando Sierra, por el que fue condenado a 35 años Ferney Tapasco por autoría intelectual, ha vuelto a quedar impune. Se fugó del país con la condena y los grilletes enfrente, entre el ruido y la seriedad judicial. Pero reitera la Fiscalía y el sistema penitenciario que hay que creer, que hay que perseverar, y que las esperanzas siguen.