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Berlín: el horror y lo sublime

15 de mayo de 2015 - 10:05 p. m.

70 años atrás, El General Alfred Jodl, Jefe del Estado Mayor del alto mando de las fuerzas armadas alemanas, firmaba el 8 de mayo de 1945 ante los aliados la rendición incondicional del imperio que quiso doblegar al mundo bajo el predominio esotérico de una raza superior.

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Toda la pompa discursiva del vitalismo sin tregua, del nacionalismo sagrado y de la sangre divina reivindicada en el nuevo orden geográfico de un merecimiento, se ahogó en el polvo de su abstracción, dos años después de que en el pico del norte, en el místico Stalingrado, los replegara el General invierno y la defensa aún más enfermiza del nacionalismo Ruso hasta las búnkeres y las paredes de las cervecerías, otra vez, donde un impredecible austriaco inició su estela de sangre sobre Europa entre el ardor de los resentimientos.

Después del fin, sobre las ruinas de los campos de exterminio y una cifra incomprensible de 50 millones de muertos, las palabras que han podido emitirse en descripción son nulas, ningún lirismo irreverente supera el humo que lanzaban las chimeneas de las bodegas de Aschwitsz con el olor de una raza fumigada. Pero a la imaginación le resta la contemplación distante de la desgracia para hacerla trascender entre la belleza de la fragilidad humana y sus respuestas asqueantes, más frágiles aún por su debilidad de estruendos. Lo sublime es lo terrible contemplado desde un lugar seguro, decía el viejo Kant. Ahora nos parece que esos soldados que ascendían propulsados por el odio sobre kilómetros de un continente antiguo para imponer un nuevo código racial sobre otros huesos eran cuerpos que temblaban también entre la incertidumbre y la zozobra histórica de una demencia colectiva sin asideros, que de repente se dejaron arrastrar por justificaciones retóricas, y que se vieron repentinamente en las praderas del invierno Ruso repitiendo el mismísimo error de Napoleón, y que retrocedieron entre los sonidos de esas otras agonías de Francia tragándose el orgullo, devolviendo sus impulsos bajo el látigo de la vergüenza hasta morir en masa y apiñados en la ciudad del esplendor hecha cenizas, desapareciendo de la Historia en un flash de segundos junto a los muros que se levantaron entre siglos, para que el tiempo continuara en su ritmo de abulia, como si nada trascendental hubiera sucedido, como si toda esa colectividad de la muerte y del espanto bajo el vendaval de las bombas y las arcadas del asco hubieran sido microscópicas entre los intervalos cósmicos, como si todo ese río de sangre hubiera sido una pequeña ruptura entre las vértebras de una especie fugaz.

Vendría después un muro a dividir el tiempo en la mitad de la ciudad, como un símbolo. Y la memoria de repente tomaría las fuerzas de la resiliencia para aceptar que lo inimaginable había sucedido, y que lo inconcebible podrá suceder siempre, y que podrá sobrepasar cualquier sospecha.

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