Contra el espanto internacional y sobre su propio desprestigio político acumulado en la escombrera de la improvisación, el Gobierno se negó a detener el ascenso del comandante del Ejército, Nicacio Martínez Espinel, quien carga en su espalda la presunción más pública entre crímenes extrajudiciales. Fue elevado a la máxima distinción de los cuatro soles del poder totalitario sobre las tropas del país, justo en la marea y el escándalo mundial por las nuevas directrices que estarían incitando nuevamente a otra catástrofe. Pero no solo revelaron una negligencia hiriente en el trato de una polémica que pondría en riesgo nuevas vidas humanas y un mayor desprestigio para la institución; también iniciaron una caza de brujas entre los batallones sospechosos para conocer los nombres propios de los denunciantes de las nuevas políticas de un Gobierno que pretende sustentar su efectividad sobre otro cúmulo de muertos.
Los cuatro soles de esa presilla reluciente alumbrarán el abismo de un año de fracasos continuos que han destruido un enorme capital político en obsesiones peligrosas. Contra los cercos de la comunidad internacional y contra el miedo paralizante las víctimas, han decidido ondear su propia soberbia entre el descrédito, y lo seguirán haciendo mientras puedan salvar su única posibilidad de reanimarse entre las derrotas y los pocos índices de aprobación de un poder subordinado. Dicen las fuentes del propio Ejército Nacional, oficiales preocupados por su futuro, que el expresidente Uribe en sus años de gobernante imbatible viajaba junto a los mismos generales para husmear obsesivamente el cumplimiento de los indicadores de una guerra que debía ganarse entre los números, y vigilaba que las tropas y los pelotones fueran husmeados también por la paranoia de los mandos hasta verse todo cumplido y firmado en documentos que justificaran la victoria. El mismo Rito Alejo del Río, el general oscuro en las tierras de Urabá, ha reiterado la peligrosa manía del expresidente para afianzar los resultados de las tropas sobre todos sus pronósticos; un acompañante que más que vigilancia ejercía su dominio para el ascenso de las cifras acordes a las altas expectativas de la opinión que lo puso allí para eliminar un enemigo a costa de todo. Esas mismas políticas siguen ejerciendo su fuerza en la imponencia de las armas aunque el conflicto haya desaparecido en las regiones principales, y aunque la misma opinión haya girado a otros espectros de la realidad y hacia las prioridades de un progreso al margen de la muerte. El nuevo general de cuatro soles responde a esa vieja obsesión por la imponencia solemne de la fuerza aunque el contexto no lo justifique. Detener su ascenso significaría a su vez una ofrenda a la oposición y a las víctimas que los siguen nombrando en sus excesos sin tregua, y les resultaría un autogolpe entre la dignidad que siguen maquillando con todas las formas de lucha, ahora que su mundo y sus propuestas se derrumban sin posibilidad alguna de salvación, y sin recursos alternos para demostrar que su fuerza política existe más allá de la bravura y del resentimiento.