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Después del fin

24 de junio de 2016 - 09:00 p. m.

El día del discurso oficial que confirmó el cese definitivo del fuego se dio en La Habana con el protocolo y la solemnidad que amerita la interrupción de la brutalidad, y la celebración no deja de tener una trascendencia poderosa: la caída de un paradigma de medio siglo, el desescalamiento de una enfermedad nacional, la firma que contempla un acuerdo definitivo del traslado de la sevicia a la política, la mayor de las representaciones e intermediaciones humanas, aunque esté siempre atravesada por la imperfección y por el desprecio regulado.

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El día merece los aplausos y el furor; es el final de un tiempo indecente, prolongado en un conflicto que llegó a los últimos suburbios de la putrefacción entre la selva, la niebla, las décadas y los nervios de la rabia, pero merece sobre todo prudencia y frialdad. Los paradigmas, cuando se derrumban, caen con el peso de una bestia, y no mueren sin antes producir temblores peligrosos y polvaredas de confusión colectiva y rezagos violentos. Los coletazos del animal agónico de la guerra van a remover lo que hasta ahora parece pacífico por un dialogo extranjero, y la agitación no será común ni trivial; será la convulsión de un país que tendrá que aceptar su obscenidad mirándose de frente, en las calles y en la cotidianidad de los horarios, soportando la nueva naturaleza de sus estigmas más detestables, junto a las sombras políticas rondantes que seguirán avalando la venganza en silencio y un lenguaje que seguirá extrañando las viejas glorias de las fuerzas del orden traicionadas por los nuevos paradigmas.

La firma no es el sustento para una fiesta definitiva e ingenua, pero es el inicio humanista de una nueva estructura que tendrá un margen amplio en el tiempo para revelar sus efectos. El Estado deberá aprender a comportarse sin los impulsos de un esclavista y sin los miramientos de una monarquía incuestionable, y los desmovilizados deberán adaptarse a sus nuevas plataformas de influencia sin el despropósito de continuar con un radicalismo ideológico perdido en el tiempo y en la práctica si quiere fomentar los gérmenes de un futuro respeto.

La atónita sociedad que quedará en el centro de la confusión seguirá sin dimensionar en su totalidad los movimientos lentos de la Historia, pero tendrá que aceptar que la falla constitutiva de sus desastres es su naturalizada defensa de lo corrupto para salvarse, esa vieja teoría miserable de aceptar el canibalismo en un instinto recursivo para ser alguien en la historia de nadie la tendrá que desterrar de sus moralismos de tugurio.

El posconflicto, como ya es sabido, durará lo que dure la disposición, y aunque conlleve el terror de los giros drásticos, tendrá que asimilarse como el único camino que quedaba entre las opciones exterminadas por la guerra, y como la última carta que le restaba a una historia que lo había perdido todo.

La corte Constitucional definirá por lo pronto las características del plebiscito. El país de la obscenidad tendrá en sus manos la opción para seguir enfermo, o para continuar, aunque los truenos del tiempo y los golpes de la bestia moribunda nos azoten por última vez, después del fin.
 

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