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El hundimiento

07 de octubre de 2016 - 09:12 p. m.

En los trasfondos de su ingenuidad o su soberbia, Juan Manuel Santos debió sospechar, no pocas veces, que ese mismo país que eligió a su atractivo expresidente peligroso como el mejor ejemplar de esta compleja historia podía volverlo a escuchar en el momento más decisivo. Debió imaginar que los países adolescentes y carcomidos por el analfabetismo se comportan así: imprevisibles, arrobados, necios, subnormales.

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Sabía también que no estaba obligado a entregar la fortuna de un Derecho fundamental a la decisión de una cultura criminal y suicida, pero lo hizo, confiando en el vago título de demócrata que le sugería el aplauso de la comunidad internacional y el optimismo de la opinión que le reconocía la altura histórica de su única carta política decente.

Era mayor el lastre de la enfermedad. El hedor de 220.000 muertos no podía dejar buenos síntomas mentales y una buena estructura psíquica para girar la historia de repente, sin arcadas, sin enajenación, sin coletazos. Un NO a la interrupción de la matanza lo sustenta todo, y la abstención del 60% argumenta sin escrúpulos la putrefacción.

Ahora, el partido más enfermo que haya existido alguna vez en esta historia de depravación ha retomado el poder, y entraron con respaldo popular a destrozar un acuerdo que pudo concretarse sobre la misma ambigüedad histórica y la fragilidad del odio atávico. Y es justamente allí donde el acuerdo puede derrumbarse totalmente; el Uribismo se niega a reconocer la naturaleza obvia del conflicto armado en Colombia, y lo niega con sevicia. No reconoce el estatus político de la guerra ni las causas históricas de la degradación, ni la culpa estatal, ni la ausencia de inclusión en los primeros gobiernos de la violencia, ni la candela que ayudó a hostigar su ideología paramilitar, ni los muertos que enterró su campaña de premios por cuerpos acumulados.

Sin ese principio básico del reconocimiento genérico de la culpa no habrá retoma del diálogo ni progreso posible, y sin los escrúpulos para aceptar que la campaña dirigida por sus cerebros neonazis del marketing en busca del NO estuvo a toda la altura de la suciedad para atrapar incautos, no habrá el mínimo de sensatez que requiere para dialogar con enemigos. El panorama a solo dos años de una elección presidencial no es viable.

A una mesa que exigió la presencia de profesionales de la conversación como Sergio Jaramillo y Humberto de la Calle se han sentado tres profesionales del boicot: un mártir envenenado por la destrucción de su imperio, un perdedor resentido y negado a aceptar una humillación contra su viejo proceso fallido, y un poderoso terrateniente con la memoria fresca del poder para negociar lo que sus intereses quieren que se negocie o se tache.

Y si los puntos no ceden a la anulación, la metodología de sus comunicaciones recreará de nuevo el rumor de la soberbia de la mesa para pararse con garbo y gemir en público pidiendo paciencia y tiempo, porque otro tiempo vendrá a refundar la patria, esta vez sin temor y para siempre.

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