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El pulso final

28 de julio de 2018 - 02:25 a. m.

El presidente electo se ha iniciado en el poder con la defensa a ultranza de su jefe político, padre y elector único de su trono. Su primera alocución trascendental ante la prensa no responde a los nuevos influjos de su carácter ni a los intereses directos de su estructura ideológica; responde a la obligación inviolable de su esclavitud: respaldar a su gestor contra todas las leyes del Estado de derecho que ahora representa en título, defenderlo contra toda marea y razón aunque las pruebas demuestren su culpabilidad, respetarlo sobre su propia dignidad y orgullo. Ese es el juramento iniciador de una secta que aprueba las decisiones de las cortes cuando los benefician, y las escupe y ultraja cuando los señalan. No existe la opción del pensamiento para quien ha jurado lealtad y servicio a una deidad bajo el influjo de la adoración.

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El llamado a indagatoria de la Corte Suprema de Justicia a Álvaro Uribe Vélez por soborno y fraude procesal levantó el rugido de la jauría que lo defenderá hasta el final con fanatismo y furia; denuncian persecución y ensañamiento, difamación y perjurio. La mínima instancia y el menor de los protocolos de ley contra el prohombre de su bandera les parece un sacrilegio aunque sea solo una formalidad básica del Estado de derecho para esclarecer una verdad. Pero entre todo el maremágnum político y el pánico, el error más grave y el primer indicio de futuros excesos lo cometió justamente Iván Duque; su alocución finalizó afirmando la inocencia absoluta y la probidad indiscutible de su señor. Si el presidente de un Estado se impone ideológicamente sobre un debido proceso y se niega a reconocer la naturaleza de una investigación anticipando la inocencia con el deseo, estamos ante el primer caso de boicot institucional de un periodo que tiende a existir únicamente para la obsesiva defensa: una falla conocida en el hemisferio que suele crecer exponencialmente y al ritmo de la paranoia.

La renuncia al Senado del expresidente tiene aún todos los tintes de una pirueta ambigua que busca eludir la categoría del juez ante su estatus: de nuevo buscará las garantías del fuero y otros estrados que lo juzguen con las tendencias ideológicas afortunadas, con los viejos favores pendientes y las posturas acordes a un viejo patrón que lo sostuvo en los pasillos de un paradigma intocable. La Fiscalía General ya tiene el aura conocida de ser juez y parte en todos los procesos trascendentales de los últimos tiempos, con alta efectividad contra mandos medios y nulos resultados contra las cabezas que han conocido con exactitud el modus operandi de sus protocolos desde los mismos tiempos en que la historia empezó a fundar su mausoleo en la impunidad.

Seguramente ahora el renombrado carrusel de absoluciones seguirá su tradición con los recursos y las leyes creadas por quienes pensaron a futuro sus caídas, y el vencimiento de términos será de nuevo el más efectivo de los métodos, y la indignación será una vez más la única palabra que existe contra el absurdo y el espanto. Pero los cercos se cierran aunque los testigos se mueran abaleados a pocas horas de su libertad, y aunque los audios acumulen horas de diálogos concretos con el hampa que los vuelve a eliminar desde los centros arteriales de la mafia, y los jueces sigan pagos por las cuotas de un cartel investigado por sus propios círculos. El pulso final sigue su curso.

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