125 años después del nacimiento de Chaplin, el cine intenta girar y volver sobre las múltiples rutas de la narración visual para exponer lo que el mutismo del vagabundo ya había expuesto desde los últimos fondos humanos: la ironía perversa, las contingencias tragicómicas del hombre, la zozobra tras la apariencia del vértigo o la ternura o la crueldad fundamentadas en la leve certeza de un absurdo.
No hay una máxima ingeniosa en sus libretos, no hay una frase lapidaria en su lenguaje, no hay lenguaje, no hay discurso, no hay voz. Puro silencio y música entre el blanco y negro abisal de la nostalgia. Las muecas, la violenta gesticulación, el sombrero y los zapatos de payaso antiguo y miserable definen a Charlot, el personaje, lo demás es el talento original de Charles Spencer Chaplin, el genio. La extravagancia de su pose irónica en atmósferas pacatas de hombres circunspectos. La desmedida ingenuidad entre la infamia de patrones fríos, policías monstruosos y burgueses radicales y caricaturescos. Es el contraste que hizo de ese cuerpo enclenque un personaje universal.
En un experimento extraño y sugestivo, se proyectaron varios filmes humorísticos a comunidades antagónicas. Desde familias elitistas en el Central Park, hasta los círculos analfabetas del ártico y los polos. El único film que causó hilaridad y gracia en todos los sectores, fue el esperado. El silencio de Chaplin pudo más que las acciones increíbles y los libretos ingeniosos en sus idiomas respectivos. Su universalidad basada en cotidianidades estrambóticas hace parte del reparto extenso de su ingenio original y básico, pero no superficial. Chaplin perseguido por diez perros, (vida de perro – 1918) de quienes se dejaba morder para lograr un resultado verosímil en la representación de un personaje azotado por la fatalidad. Chaplin encerrado y dormido en una jaula al lado de un león, mientras intenta mantener su indescifrable trabajo ( El circo- 1928) Chaplin refugiándose detrás del réferi a mitad de su debut en el boxeo, después de que el azar lo bamboleara entre distintos gremios ( las luces de la ciudad- 1931). Chaplin con un pollo asado atravesando una caótica pista de baile hacia la mesa que no puede atender, porque se pierde, al mismo ritmo que su tiempo se perdía también entre las cláusulas de la modernidad (Tiempos modernos- 1936).
Pudo lograr esa difícil fusión de la tragedia y el sentimentalismo, sin alejarse nunca del papel y de la atmósfera del vagabundo, siempre aprisionado entre el poder de la bondad y los poderes estatales de la infamia, siempre entre la ingenuidad y los canibalismos. Su liderazgo en su artística empresa se extendía a todas las funciones: desde el papel principal a las composiciones musicales, desde el trabajo en el libreto a la labor de producción, desde los pactos comerciales a la dirigencia. Chaplin intentó negarse a la apertura del sonido, sabía que el silencio sugería mejor las violencias contenidas, la triste comedia de los hombres. 125 años después el cine moderno intenta atinar con la eficacia de su mundo sordo. Sigue diciendo Chaplin, sin hablar, sobre la industria y la extravagancia de los métodos.
@juandavidochoa1