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El Verbo y el látigo

20 de enero de 2017 - 09:00 p. m.

Estalla otro más de los escándalos ocultos de una tradición de sobornos después de que el ventilador de Obredecht empezara a zumbar desde una corte de los Estados Unidos, y vuelven a aturdir los recurrentes discursos de rectitud de los distintos partidos políticos autodenominados intachables, y la ya esperada publicación de los trapos al sol entre los hundidos.

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Es la historia natural de una cultura que justifica su denigración en la salvación individual como el último recurso entre la espiral del fango, y es la misma historia natural que se disfraza de espanto entre todos los sectores públicos cuando sale a la luz lo murmurado entre pasillos. Allí  radica el triste o el heroico inicio oficial del Fiscal General de la nación, Néstor Humberto Martínez, como el adalid incorruptible que prometió ser desde el cargo de una entidad tradicionalmente presionada por los intereses supremos de los caciques monárquicos y los banqueros que deciden sobre todos los ángulos desde las sombras.   

Cabe aclarar que la persecución iniciada a los implicados no es precisamente un mérito propio de la Fiscalía General desde la practicidad del discurso ético, sino de la denuncia de los entes de control desde Brasil y de la posterior confirmación de Odebreht y de la sentencia en una corte federal de Brooklin que confirmó la estrafalaria logística de un soborno internacional, lo que obligó a la Fiscalía colombiana a husmear entre el pantano interno hasta encontrar los nombres obvios, pero la jerarquía implicada es amplia y es legión, y cuenta con 14 años de podredumbre confiada desde el 2001, cuando inició la feria de las ventas.

Lo triste o lo heroico del Fiscal Martínez radica en la posición vertical y consecuente que enfrentará a su propio discurso  al enterarse progresivamente de lo que ya sospecha o sabe: que los implicados en el escandalo no son solo los simples y comunes senadores ya salpicados entre todo el hedor de la corrupción cultural, sino los nombres todopoderosos que lo dejarán sin sueño entre la responsabilidad política de ser un funcionario acorde a su bravura, y perseguirlos, o girar las balanzas del interés que pesan sobre un Fiscal en Colombia, y pasar la página como pasaron todas sin que ninguno de los nombres de este escandaloso país de delincuentes patriarcales y anónimos se haya visto pronunciado alguna vez en un estrado judicial por denuncia o por sospecha. El nombre de Sarmiento Angulo aparece entre las empresas en cuestión, y el Fiscal de Fiscales, su abogado de cabecera, deberá llegar al límite de su función y decidir sobre sus propios vínculos.

Néstor Humberto Martínez llegó prometiendo dureza y fiabilidad para opacar las extrañas balanzas que cometió su malquerido antecesor Eduardo Montealegre, y ha caminado con paso de gallo fino y con voz de tenor justiciero jurando aplacar el circo del 90% de impunidad que reafirma el desastre. Ahora tendrá que sortear el maremágnum político y legal del ventilador de Odebrecht, soportando la presión de su propio verbo: el látigo de quien se jura íntegro y justo entre el infierno.

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