Creemos, y lo creemos muy bien, por fortuna y para no dejarnos caer en los abismos de un paradigma sin gracia, que el tiempo de un año ha concluido concretamente, y ha reiniciado otro en el que los ensueños renuevan su vitalidad y se recargan para dejarnos existir una vez más. La sugestión patética de un ciclo nos salva en la debilidad para cambiar el oxígeno por el delirio de otra reserva.
Creemos, o creemos que lo creemos en el sustento de las suposiciones, que el universo o los Dioses o los azares conspiratorios de la coincidencia renovarán sus cláusulas para dejarnos reinventar en el mundo. “Sucesión y engaño es la rutina del reloj; el tiempo no es menos vano que la vana historia”, escribía Borges bajo la sombra de su ceguera, desde el exilio de los exilios, desde ese ángulo donde no llega la violencia de los otros ojos perdidos entre la especulación aceptada como real entre la luz normal de la costumbre. Todo parece estar construido lingüísticamente perfecto para que nos soportemos, y soportemos el peso de un alargue vulgar de los acontecimientos sin dirección ni orden, sin visualizaciones evidentes. El círculo imaginario del tiempo nos convence de un reinicio lacónico, y aquí volvemos. Intentamos entender y ordenar la ambigüedad de una realidad apabullante, especulamos de nuevo y con el foco concentrado en el reinicio de las alzas o el hundimiento de esos otros espectros: las monedas y sus simbolismos de mezquindad y gloria; en los cierres y aterrizajes concretos de esas otras hadas de la fragilidad: las diplomacias políticas; en la evolución traslúcida de los espíritus, esos fogajes súbditos de un temporal o un soplo, o de una traición de un hermano o una vendetta de tres religiosos asesinos; En la aparición concreta de la democracia, ese eufemismo de las dictaduras subrepticias, o en el fin definitivo de un proceso de paz entre un semicentenario de masacres.
Suponemos que un año es suficiente alargue para concretar una resolución de excesos y venganzas que arrasaron las tierras, la identidad, la sangre. Creemos que ese término nos traerá además las aperturas de los tiempos, sin coletazos, sin los efectos secundarios de una náusea apiñada entre las décadas de la astringencia. Aspiramos al equilibrio total, porque ha sucedido suficiente tiempo ya entre los plazos de la realidad esperada, la realidad real, como si hubiera otra a la incierta, voluble y traicionera historia repetida y repetida entre otros círculos del vicio, bajo otras capas de esperanza, sobre otros juramentos de renovación.
Creemos en el fin de los hechos y en el fin de las incertidumbres, porque lo abstracto y lo infinito tienen el tinte de las desgracias insufribles, el peso de lo insoportable. Pero volvemos a la calma de un año en su reinicio, y la idea de que todo puede reconstruirse una vez más nos salva en la fragilidad horrorosa de los nervios, nos devuelve esa reserva de otro oxígeno que nos retorna a la vitalidad, aunque sea patética, y esa lástima de las mentiras forzosas y esos pretextos débiles de la coexistencia de repente parecen otra vez amables desde el fondo de todas las dudas. De repente, aunque todo sea carburado por la especulación o los delirios, la zozobra y la angustia parecen ser minimizadas frente a la misma posibilidad del advenimiento de lo inesperado para alargarnos de nuevo el plazo de la dimisión.