Entre todos los ángulos del problema fronterizo que tiene una vez más en vilo mediático y sensacionalista a las partes en cuestión, el más visual y lamentable es el que opaca los otros ángulos complejos, que podrían entenderse mejor si los focos del amarillismo no se concentraran en un populismo de galemba que vuelve a hacer de una frontera un argumento para un bullicio sin matices.
Ya es obvio, para cualquiera que detalle la historia de una frontera de dos mil kilómetros de rencillas ancestrales y aperturas para el tráfico y el contrabando naturalizados en la mecánica de la viveza, que muchos de los habitantes colombianos en la zona del Táchira, donde empezó la combustión, no estaban precisamente en condición de refugiados políticos o exiliados por el fracaso de la economía colombiana. La zona ha sido una anarquía benéfica para la salida de capitales desde todos los métodos de la ilegalidad, teniendo el respaldo de una vigilancia ausente que se ha visto ahora triplicada cuando la paranoia interna de la economía ha empezado sus ajustes y una posible caza de chivos expiatorios ha iniciado su redada a cuatro meses de unas elecciones delicadas.
Las causas del desmadre son múltiples y se conjugan en un espectro extraño donde caben todas las teorías posibles: los alegatos fronterizos de una izquierda enferma y una derecha camuflada llevados cíclicamente a la fricción y a los reclamos sustentados; la natural intención del control ( territorial o electoral) y el patrioterismo de la Colombia estéril para escándalos internos pero histérica para la defensa de su orgullo fronterizo; el acecho del FMI y la respuesta de las izquierdas neurotizadas; las teorías se pierden entre una historia oscura que las sustenta y las teorías de conspiración que las persigue… todas son posibles en una frontera que separa dos visiones radicalizadas de la realidad, dirigidas desde tópicos opuestos de la retórica: desde Miraflores, en un discurso ridículo y vulgar de un populista sin talento que desaprovecha incluso los argumentos fuertes de su defensa por exceso de medidas y folclor, y desde el palacio de Nariño por un discurso diplomático que guarda en sus pulsiones las fuerzas de una derecha camuflada que tiende al bipolarismo.
El tacto en el uso de los términos políticos de un problema fronterizo ha sido violentado por el grueso de los medios que ha usado el drama con el toque del morbo al revelar solo los hechos violentos de lo visual para atrapar alarmistas. Los conceptos de Deportación y Desplazamiento han sido usados con el mismo rasero y sin matices, y otros incluso han trastornado el concepto simple de Frontera al convertirlo en un Muro de la Infamia de separación de una hermandad indivisible.
El caos recae de forma natural sobre el discurso bélico de Nicolás Maduro, quien no contento con verse sumido en el drama de una inflación fatal y en las sospechas crecientes frente a su inteligencia política, usa contento un lenguaje adolescente para tratar una discusión práctica que podría ganar si la hiciera en términos serios.