Despilfarros injustificados y contratos afanados entre oficinas del Gobierno; cientos de miles de inversiones aceleradas, cheques firmados con premura, negocios pactados con rapidez y sin antecedentes. Un convoy de camionetas blindadas y un contrato delirante de publicidad con fondos destinados para programas de paz. Hassan Nassar, una vez más, con ojos desorbitados de negación, sale al ruedo relevando al ministro del escándalo del día para confrontar las denuncias con tono de instructor, embistiéndolo todo con argumentos prefabricados de culpable que se niega a ser la comidilla de sus enemigos. En eso, justa y precisamente, parecen haber caído los funcionarios de este disparate gubernamental. Todos al ruedo para frentear enemigos que les infestan el aire y los sueños, dispuestos siempre a argumentar lo inaceptable y a defender la indecencia con gestos de moral sacramental. Nassar reitera que la inversión estaba pactada antes de la crisis, pero el performance del presidente en prime time y la renovación repentina en redes sociales con imágenes, símbolos y bots que se agigantaron progresivamente no parecen ser pequeños detalles de talento con presupuestos ajustados. Y tampoco pudieron explicar con eficacia la compra inverosímil de una flota entera de camionetas para la seguridad presidencial. No aparecen nunca en las declaraciones al respecto los certificados de compra con fecha y sellos que verifiquen las explicaciones plagadas de retórica y frases prefabricadas de defensa.
Después de tantas justificaciones sospechosas y tantos miles de millones perdidos en arcas ajenas a la emergencia sanitaria que desborda los límites de la incredulidad y de la incompetencia, solo queda creer que, al verse presionados por la realidad para destinar los fondos que querían reservar para sus cortes, han decidido gastarlos con premura en lo que fuera antes de perderlos en los fondos sociales que tanto han detestado en sus prejuicios de clase. Su desgracia es que quisieron llegar a gobernar para afianzar el poderío de sus banqueros y magnates paternales y queridos, pero ahora deben destinar esos recursos a hospitales y a poblaciones vulnerables que los exigen con urgencia. Para mayor angustia y dolor, la comunidad internacional que tanto quieren mantener tranquila es la misma que les vigila una gestión que debe atender con exclusividad las urgencias humanitarias de la pandemia. No puede explicarse de otra forma que tanto presupuesto sea malgastado justamente ahora y tenga unos destinos tan insólitos. Que sean usadas también las reservas de los programas de la paz no sorprende demasiado, por supuesto. Ya que no pudieron destruirla con las viejas objeciones del presidente subordinado a las órdenes desde la sombra, lo harían tarde o temprano con otros mecanismos y otros métodos, y les quedaba el más obvio y el más fácil: asfixiarla con un recorte presupuestal que se podía explicar con todas las argucias posibles. Para eso estaría siempre allí el jefe dogmático de prensa de la Casa de Nariño, que había usado sus micrófonos en sus años de oficio para incendiar los diálogos entre la guerra.
P.D. El ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, entregó un nuevo parte sobre los avances de la investigación ante las chuzadas y los perfilamientos ilegales del Ejército. Su temor principal es que el trasfondo del escándalo sea una conspiración para desacreditar al Gobierno y a las Fuerzas Militares. El ministro de Defensa se tiene que ir.