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Fragilidad y miedo

11 de julio de 2015 - 12:43 a. m.

Dice el mismo cántaro al agua que no acaba por romperse, Alejandro Ordoñez, que el presidente y las Farc preparan un golpe contra su cargo y su pulcritud para tumbarlo, y que el país ─queja vieja del godo mayor, paranoia trillada de los fachos conocidos─ se pierde en las patrañas de un proceso vendido y amañado.

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Lo dice justo y curiosamente cuando el proceso que avanza en su contra por su extraña reelección en una terna de dos llega a claridades contundentes, y su perorata paranoide contra el proceso en curso la enfila con su bilis propia de discípulo del Opus cuando todo intenta levantarse otra vez desde el escepticismo, y una promesa de dejación de armas por parte de Las Farc parece revelar un direccionamiento a su vinculación social como partido político.

Es natural que esa idea espante en una historia forjada entre el terror de las masacres. Suena indignante la posibilidad de verlos allí, en curules de poder, blandiendo banderas y arengando discursos de civismo después de una carrera virulenta entre el narcotráfico, la siembra de minas y el reclutamiento infantil. Pero aunque espante y parezca el extremo de una ironía desastrosa y un absurdo, es justamente esa la posibilidad de que el país les responda en términos pragmáticos, desde el peso de un voto como respaldo o desaprobación a su existencia como partido y a su representación genérica. No entiende Alejandro Ordóñez o no quiere entender porque su miedo a la votación general le genera seguramente la visión de su caída, que un voto confrontado al abstencionismo y al runrún del pesimismo total es más recio que las ráfagas de las ametralladoras M60 que instauró su compadre vesánico de mano firme y negra para pacificar la oscuridad, y que es allí donde los ríos de sangre se pueden ver lavados como venganza simbólica.

La ignorancia política de un país abstencionista impide entender que el posicionamiento de Las Farc como partido político no es un escalamiento social ni una figura eterna de impunidad inmanejable. Es justamente allí donde se enfrentan a la realidad de un conglomerado electoral que les permitirá el progreso o los hundirá en su representación y en su discurso, y que serán definitivamente presos de la voluntad de quienes los observa. Esa dependencia electoral es su único camino en la Historia, y ese es el único camino que deja un proceso que intenta desentrabar la estúpida pretensión violenta de una política de seguridad utópica que desde los inicios de su ilusión amañaron los discursos a un plazo siempre prolongado de arrinconamiento.

La última y única opción de un país destruido por los círculos viciosos de la estupidez y la barbarie es este proceso naturalmente frágil y turbio como lo fue la misma historia del resentimiento. Y lo último que puede hacerse ahora es atender las baladronadas de un procurador que atemoriza a un país mal informado y manipulable con teorías baratas de conspiración sin pruebas: tácticas evidentes de su debilidad, estrategias de una nostalgia por el Estado mesiánico que se evapora.
 

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