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Gaitán y el siglo del incendio

14 de abril de 2018 - 03:15 a. m.

A Jorge Eliecer Gaitán lo mataron los mismos que siguen matando en la sombra, bajo todos los focos, desde el anonimato de un poder obvio y misterioso, con los métodos aprendidos entre las leyes y las reglas del predominio. Lo habían hecho antes masacrando obreros insumisos, pero esa tarde del 9 de abril decidieron fumigar la versión opuesta a la pureza estatal asesinando al vocero de esa insolencia: previeron, tal vez, las consecuencias levemente peligrosas, los desmanes de los resentidos, la algarabía efímera de un despecho popular. Pero la llamarada de ese incendio acaparó los mismos círculos de buitres que sobrevolaron esa noche las montañas de los muertos, y sobre todos los días y los años, incendiaría la historia y las estirpes y las décadas de un tiempo perdido. Las guerrillas se pudrieron en la selva y los partidos afianzaron sus carteles entre distracciones. Los magnicidios siguieron siendo perpetrados como un arte afianzado en los barrancos del salvajismo y la resignación siguió su curso entre la costumbre.

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El conflicto armado, con sus viejas causas políticas, mutó en centenares de ejércitos irregulares que justificaban sus acciones bajo el amparo de la destrucción. Todos los argumentos y las causas servían al discurso de la violencia frente al Estado que seguía sin reconocer sus culpas y sus primeras bombas históricas. Desde las márgenes de la retórica denunciaban ausencia gubernamental en territorios marginados, persecuciones políticas, comunistas en avance, paramilitares al servicio del narcotráfico, narcotraficantes al servicio de todos los ejércitos, bandas criminales desbordadas,  sicarios a sueldo de todas las lógicas, viejos ejércitos surgidos en el Urabá antioqueño adjudicándose el nombre del muerto que inauguró todos los muertos, urabeños y rastrojos y subgrupos condenados a la incertidumbre por la caída de sus capos, disidentes de las disidencias, subversivos de la insurgencia, autodefensas posmodernas en defensa de las tierras que se devolverán a sus dueños legítimos, vengadores de los grupos que firmaron los acuerdos del fin del conflicto, y entre el escándalo y el despliegue de las excusas, los enigmáticos grupos armados sin nombre asesinan ahora a los líderes sociales pendientes de su propia reparación y su resarcimiento.

Los presidentes juramentados en el sagrado Partido Conservador Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez son los autores intelectuales de esta catástrofe que aún sigue humeando: fueron ellos los primeros perseguidores, los intolerantes que decidieron estigmatizar la diferencia antes que rebajarse a discutir con los voceros del populacho. Entre esa atmósfera de vileza mataron a Gaitán, y no hubo nunca interés alguno del Estado por dilucidar los nombres que perpetraron el crimen y el incendio. Pero faltaba aún más infamia para que un autócrata en el futuro, amo y señor de la guerra y destructor del agónico conservadurismo por considerarlo poco feroz, Álvaro Uribe Vélez, llegara al poder para negar toda la historia, para anular la existencia del conflicto y sus viejas causas políticas y redujera este ruidoso río de sangre y sus 200.000 muertos a una sola versión oficial de la pureza y a una verdad incuestionable contra toda insubordinación del pensamiento.

El amo y señor ha vuelto con un discípulo obediente, y aunque la historia y el incendio sigan crepitando en todos los rincones de esta selva quemada, seguirán negando los principios del odio y los nombres fundadores de la devastación: sus mentores históricos. 

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