La Colonia nunca se fue; siempre ha estado aquí con sus hipérboles y su altivez monárquica heredada entre generaciones de dogmas y teorías sacramentales del poder. La Corona española reculó en sus barcos, pero la idea del merecimiento biológico por parte de las castas que sucedieron durante los siglos siguientes al viejo mundo de los reyes sigue influyendo en el imaginario colectivo de una sociedad que continúa improvisando sobre sus fracturas, entre su memoria violentada y su pasado neblinoso y sus métodos desesperados de solvencia y respiración. No sigue siendo extraño entonces que los siguientes 200 años de institucionalidad política hayan seguido el mismo ritual religioso, la misma herencia naturalizada de un predominio de apellidos sagrados que prometen siempre resguardar las buenas costumbres.
Ese discurso que jura conservar la tradición, lema y sustento de la Derecha perpetua, ha agigantado sus esfuerzos por sostener su infraestructura y sus reglas intactas. Saben muy bien que la complejidad de una población creciente amenaza la pureza de ese imaginario. Los partidos emergentes se reproducen con la velocidad de los dramas enquistados por su antigua invisibilidad, y esa antigua y cómoda repartición del poder entre los dos partidos de la misma élite ya no tiene vigencia: el Partido Conservador fue atragantado por el uribismo, ese fenómeno sociológico que retomó sus viejas banderas y conjugó el resentimiento como un plus político que acaparó la última atención mientras vivieron las Farc, y el Partido Liberal no fue más que una tendencia abierta y mediocre del pensamiento que siguió respaldando con fervor un viejo pacto de sangre. Su alterativa aparición con Luis Carlos Galán en la apuesta a un nuevo liberalismo fue borrada por un crimen ordenado entre esas viejas familias monárquicas y el monstruo marginal del narcotráfico engendrado por la ironía de la exclusión.
Doscientos años después de la proclamación de esta presunción de República, del fin del conflicto con la guerrilla más activa y salvaje y entre un nuevo panorama mental sobre fantasmas extintos, la contienda electoral por la Presidencia tiene una abierta gama de vías: la persistente ambición de un Establecimiento bancario que no cederá nunca sus cláusulas y su desprecio por el humanismo; la apuesta alternativa por una educación y un equilibrio entre las fuerzas políticas de choque, y la última aparición de una izquierda que aspira por primera vez a gobernar sobre la memoria de todos sus candidatos asesinados por la psicopatía del tradicionalismo. Nuevamente, es la única voz que nombra lo que nadie nombra por miedo, por sumisión y costumbre: la humillante brecha social que hunde a los escupidos hasta el más denigrante de los fondos sin consideración ni sensibilidad; la defensa sin evasivas de los Derechos fundamentales y las minorías; el progresismo de una Constitución que sigue sin obedecerse; el resguardo del medio ambiente y la defensa de los animales; la reapertura y la reinvención de la tierra; la revisión y la atención a los baldíos que acaparan millones de hectáreas desde los mismos relevos de la Colonia; las reformas a la justicia que sigue amparando a la casta de los victimarios que son sus propios vigilantes y gestores. Si sobrevive al sabotaje y al crimen, Gustavo Petro llegará a segunda vuelta con la mujer más sólida de las formulas vicepresidenciales: Ángela María Robledo. Y el Establecimiento tendrá que enfrentar esa respuesta social a su larga historia de perfidias.