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Hombres probos

22 de septiembre de 2018 - 12:00 a. m.

Los integrantes de su círculo, cuestionados por la justicia y fugados en los rincones del mundo cuando las sentencias han sobrevivido a la dilatación, han sido definidos como hombres probos por el obispo de la secta: con ese título forzado y solemne los ha intentado defender de los escándalos aunque las pruebas sean siempre contundentes.

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Hombres probos también fueron Andrés Felipe Arias, Mauricio Santoyo, Rito Alejo del Río y Santiago Uribe, quien además de merecer ese título tuvo la gracia de contar con la sangre sacramental para contar con todas las garantías de un sistema penal sustentado en la probidad de las influencias. El adjetivo, un comodín repetido cada vez que debe hablar en público para incitar a los seguidores furiosos de su partido a rodear al sindicado, ha sido nombrado tantas veces, durante tantos escándalos, que parece ser el conjuro anticipado de la misma condena. Todos los que han sido llamados con ese nombre han terminado presos y con altas condenas por delitos no precisamente leves. Ahora vuelve a usar el adjetivo para defender a Alberto Carrasquilla: el impresentable ministro de su gobierno que ha demostrado que se puede sostener un alto cargo aunque el incendio alrededor de su nombre consuma la dignidad general del gabinete. Carrasquilla abarca la historia del uribismo desde sus principios históricos como un gobierno absolutamente tecnócrata y bancario hasta los tiempos de la nueva economía naranja, un eufemismo más para nombrar otros métodos de embauque sofisticado provenientes de los años en que Iván Duque fungía como consejero principal ante el Banco Interamericano de Desarrollo; los métodos son conocidos muy bien y tienen la estructuración perfecta para parecer humanitarios y benefactores de los países en desarrollo, pero tienen el mismo trasfondo de la banca internacional: sostener los rankings per cápita en cada región vigilada, ajustar los gastos sociales a las proporciones que el recaudo internacional sugiere, y resolver finalmente toda solución bajo una fórmula y una cifra satisfactoria y global, sin que importe demasiado la particularidad de cada caso. Es la misma tradición y el mismo paradigma del superministro de Hacienda: un tipo áspero que no puede nunca disimular su perdición en los contextos aunque sus asesores se lo digan, su visión del país es tan elemental y tan insolente que lanza en sus discursos los más grandes insultos sin conmoverse, sin morder sus comisuras o torcer sus pómulos, sin dimensionar la marea que pueda levantarse contra la criminalidad de sus delirios.

Pero su repertorio y su pasado salen cada vez más a la luz con los indicios de su vieja orquestación bancaria para que los pueblos ya sometidos por el olvido tuvieran que endeudarse escandalosamente para merecer lo que debieron tener siempre por simple y llana obviedad: agua potable y luz. Los bonos Carrasquilla resultaron ser otros nuevos comodines en el historial de un tecnócrata brillante que ha sabido muy bien cómo actuar y traspolarse en un sistema que conoce con precisión para que las cifras acumulen sus ceros en las cuentas precisas y al ritmo selectivo del proyecto que la derecha eterna de este país ha sabido siempre ajustar entre las reglas de su propio invento.

El hombre probo ha salido ileso de un debate que ha sido votado por los partidos que trabajan para que ese viejo orden nunca se rompa, y puedan seguir prometiéndoles a los marginados del juego que el futuro y el progreso están siempre cerca, y que su larga paciencia les permitirá trabajar exclusivamente para ellos.

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